Historia de dos pueblos en una isla

Ernesto Jimenez
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jueves, 10 noviembre 2016
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En 1859 el escritor británico Charles Dickens publicó la novela “A tale of two cities”, traducida posteriormente al español bajo el título de “Historia de dos ciudades”. En este libro el genio crítico de Dickens, haciendo uso de una sensibilidad proverbial al describir dramas humanos, nos muestra la dicotomía social que existía durante la revolución francesa entre la industriosa y pacífica ciudad de Londres, y la convulsa y desordenada ciudad de París.


No obstante la brillantez de este escritor al retratar realidades radicalmente opuestas en ciudades muy cercanas, pensamos que nunca pudo haber imaginado que en una era mucho más “avanzada” y a una distancia geográfica menor de la que separa a las 2 emblemáticas ciudades europeas, se reprodujeran condiciones económicas y sociales aún más disímiles que las descritas en su obra.


Y ese es el caso de la Isla “La Española”, también conocida como Isla de Santo Domingo, donde gracias a las luchas imperiales de las grandes potencias europeas de los siglos XVI, XVII y XVIII se formaron dos estados con sendos pueblos de identidades y costumbres muy diferentes. En la parte este de la isla se encuentra la República Dominicana, la cual ocupa 48,311km2 de territorio, y en la parte oeste se encuentra Haití, con 27,750km2.


La historia de ambas naciones está plagada de grandes hazañas, tragedias y luchas compartidas. Haití, tal como nos explica Juan Bosch en su ensayo “La Revolución Haitiana”, a inicios del siglo XIX llevó a cabo una guerra feroz contra sus opresores esclavistas franceses y luego de lograr su propia emancipación, procedió a ocupar la parte este de la Isla Española. Por su parte los dominicanos, luego de 22 años de ocupación haitiana, libraron a partir de 1844 una exitosa lucha armada contra el vecino invasor.


A partir de allí, ambos pueblos caminaron por senderos muy distintos en busca del desarrollo. Mientras Haití ha sido una constante tragedia de desorden institucional y miseria económica, la República Dominicana, en cambio, ha mostrado progresivos avances económicos e institucionales. Esto se ha visto reflejado en todos los ámbitos de la vida nacional de ambos pueblos, de forma tan determinante, que ya para 1925, los haitianos habían deforestado más de un 80 % de su territorio, y 91 años después, en el 2016, tan solo preservan un 2 % de su cobertura boscosa, mientras que la República Dominicana ha preservado más del 30 % de su foresta. Y si observamos el plano económico, podremos constatar que las diferencias también son colosales. La Patria de Duarte tiene un Producto Interno Bruto (PIB) --que es el valor monetario de nuestra producción en bienes y servicios-- casi 7 veces mayor al de la República Haitiana, y una tasa de pobreza 3 veces menor.


Estas enormes disparidades, que van desde lo ambiental hasta lo económico y social, son la razón por la que la población haitiana pobre cruza la frontera hacia nuestro país en busca de mayores oportunidades, creando a su vez, un complejo problema migratorio. Y hasta cierto punto, también explican por qué se manifiesta una supuesta solidaridad y sensibilidad internacional con el drama humano que presenta la nación más pobre del continente americano.


Todo esto es entendible, ahora bien, hay un detalle que no podemos obviar: ¡República Dominicana es un país pobre! por lo tanto, contrario a Estados Unidos o Canadá, no tenemos la capacidad económica de asimilar una migración descontrolada y masiva. Y a pesar de esto, hemos hecho un gigantesco esfuerzo para ayudar a Haití al regularizar a más de 288,000 ilegales y recibir a más de 50,000 estudiantes de ese país.  


La comunidad internacional debe concentrarse en ayudar a Haití a fortalecer sus instituciones y mejorar las condiciones de vida de su pueblo, pero no puede esperar que los dominicanos resolvamos solos un drama de miseria humana del cual no somos responsables y mucho menos aceptar que, como planteó el expresidente uruguayo Julio Sanguinetti, “Haití, escudado en su pobreza, se arrogue el derecho de lanzar a miles de sus ciudadanos por encima de sus fronteras y luego exigirle a su vecino que se haga cargo”.


Por Ernesto Jiménez/ El autor es economista y comunicador.

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