Lecciones desde el Capitolio

Ernesto Jimenez
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viernes, 09 junio 2017
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“Mi ideal político es el democrático. Cada uno debe ser respetado como persona y nadie debe ser divinizado”. Albert Einstein


 


Al subir las escalinatas del Capitolio, en Washington, sede del Congreso de los Estados Unidos, se puede percibir la esencia de una democracia construida sobre ideas de libertad y respeto a los derechos individuales de todos los hombres. Este edificio, cuya primera etapa fue inaugurada en 1800, alberga en sus amplios salones una miríada de hermosos cuadros, robustas columnas y estatuas de mármol que relatan la historia de una nación orgullosa de sus orígenes excepcionales.


Indudablemente, el nacimiento de los Estados Unidos es un evento paradigmático, sin precedentes en la historia humana. Y no podía haber antecedentes ni nada similar a ese Estado, porque tal como escribió Engels, fue una sociedad construida “desde el primer momento sobre una base burguesa”, es decir, el primer Estado fundado por hombres y mujeres de ideología capitalista. Este hecho representó un quiebre con las monarquías hegemónicas de Europa y a su vez, trazó el camino para la expansión de la expresión política por excelencia del sistema capitalista: la democracia liberal.


Esto explica la razón por la cual, desde sus inicios, los padres fundadores de esa nación concibieron mecanismos institucionales para garantizar el respeto a la propiedad privada, la libertad de prensa y la libertad de empresa. Dichos mecanismos, expresados en la Constitución de los EE. UU. marcaron un hito histórico al establecer dos elementos fundamentales para evitar cualquier intento dictatorial o autocrático en donde un hombre pudiera erigirse en dueño absoluto de la vida del pueblo.


Dentro de las doctrinas, escritas y no escritas, que se establecieron para impedir una tiranía que cercenara las libertades conquistadas, que a su vez, son imprescindibles para el funcionamiento del sistema capitalista (nótese la importancia de la democracia para preservar el capitalismo) están los límites al poder presidencial y los contrapesos del poder (check and balance). En este sentido, George Washington -máxima figura militar de la revolución estadounidense y primer presidente de ese país- estableció un precedente que marcó de forma indeleble el rumbo de su nación, al gobernar por sólo dos períodos y nunca más, cuando en 1797, voluntariamente abandonó su posición de presidente para retornar a su mansión en Virginia.


En cuanto a los “pesos y contrapesos”, la Constitución estadounidense, redactada en 1787 (con 27 enmiendas hasta la fecha) otorga amplios poderes al presidente, sin embargo, establece atribuciones al congreso y al sistema judicial que impiden que el presidente pueda actuar arbitrariamente y mucho menos, pasar por encima de estos poderes del Estado; al mismo tiempo, el congreso también tiene frenos constitucionales que le impiden imponerse por sobre el ejecutivo. En términos simples, la doctrina de contrapesos busca hacer efectiva la separación de poderes y de esta forma, garantizar el sano funcionamiento de la democracia.


Todas estas enseñanzas están presentes dentro de las paredes del Capitolio. Sirven como testimonio vivo para las presentes y futuras generaciones sobre la importancia de construir instituciones con fundamentos sólidos, que puedan preservar la libertad individual y la felicidad de sus ciudadanos. Por eso, independientemente de los errores que ha cometido nuestro vecino del norte, la República Dominicana, debe estudiar esas lecciones históricas y asumir las que considere más oportunas para el progreso de la nación. Verbigracia, la independencia de los poderes del Estado. Debemos entender que cuanto antes aseguremos el cumplimiento de mecanismos que limiten el poder del presidente de la República y viabilicen el libre funcionamiento de los demás poderes, más pronto podremos contar con instituciones que salvaguarden la democracia y la libertad. Ese es el camino hacia un futuro de paz y prosperidad. Esa es la clave para el progreso democrático del pueblo dominicano.


 


 


POR ERNESTO JIMÉNEZ / El autor es economista y comunicador.

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