El ciudadano duplicado

Pablo Mckinney
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viernes, 04 agosto 2017
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ENTRE SARAMAGO Y GANDHI.- Esto de caerle atrás a Gandhi es difícil. No es fácil esto de ser uno mismo el ciudadano que le exige ser a los demás. “Ser el cambio que deseamos ver”. Y es que mucho de nosotros queremos un mejor país, nuevo, renovado, pero somos incapaces de abandonar nuestras viejas malas prácticas. Parecería como si en el país se hubiese leído con demasiado fervor “El hombre duplicado”, de Saramago, y por su culpa anduviéramos por la vida en plan Tertuliano Máximo Afonso: duplicado, por duplicado. Somos dos en uno. Uno que exige al AMET aplicar la ley, y otro que le pide “un chance” porque en la Tiradentes dobló a la izquierda hacia la Pastoriza. Hay uno que exige al gobierno, calidad y racionalidad en el gasto público, pero visita al ministro amigo para que le nombre a media familia o le ayude en algún negocio, en algo... para ir tirando. Hay otros que fueron ministros o directores generales y no detuvieron la rueda de la corrupción ni un metro, el más de lo mismo, y por ahí andan pontificando una moral en calzoncillos que les denuncia.


FRENTE AL ESPEJO.- Gracias a Dios y a Tatica, en los últimos meses, amplios sectores sociales se han echado al monte, como la Utopía de Serrat, pero esta vez al monte verde de las calles y callejones de nuestras ciudades. Por primera vez, anda un país (cuya economía crece y es estable) indignada y moraíta de consternación por tanta corrupción e impunidad de tantos años, y ¡qué bueno! que así sea. De eso se trata la cosa. De una ciudadanía militante y responsable. Sólo que, mientras de juzgar al otro se trata, el asunto marcha bien, de puta madre diría yo. Los problemas surgen cuando alguien nos acerca un espejo y debemos mirarnos de frente, observar el comportamiento propio. Queremos un freno a la corrupción, pero no a la que nos toca y favorece. Esto que cuento es lo que viene ocurriendo en el país cada vez que un ministerio busca poner en orden su nómina, realizando auditorías que pasan por efectuar el pago personalmente, y entonces aparecen los “macos”, las cacatas. Los resultados de esa práctica de transparencia que busca hacer más racional el gasto público son devastadores. Ocurrió en el Ministerio de Salud hace unos meses y ocurre ahora en el Ministerio de Educación en donde unas 8,400 personas no pudieron ser identificadas en sus centros de trabajo y por eso se les bloqueó en la nómina para profundizar las investigaciones. La reacción de la Asociación Dominicana de Profesores (ADP) fue rechazar toda cancelación, y emplazar al ministerio de la cosa para que reincorpore en la nómina a esos maestros a más tardar hoy viernes, con la amenaza de que, de no hacerlo así, no participarán en los cursos de verano.


“¿Y UD. PAGA IMPUESTOS?”.- La ADP y el CMD, cada una en su momento, han rechazado militantemente la cancelación de médicos y profesores que sus respectivos ministerios han demostrado que cobran sin trabajar. Pero resulta que, al mismo tiempo, ambas entidades exigen al Estado transparencia, calidad y racionalidad en el gasto, y muchos hasta marchan “verdecitos de indignación” por el fin de la corrupción y la impunidad. El resto de los gremios y sindicatos nacionales no son diferentes a estos colegios. Somos así. Así somos. He ahí el mercado electoral con el que se ganan o se pierden las elecciones en este país. Somos así. Preguntamos a nuestra Mafalda correspondiente si va a la escuela, si hace la tarea y si respeta a los mayores, pero nos enojamos cuando ella, inocente, nos pregunta, “y usted, señor, ¿paga sus impuestos?”. Oiga Usted, que estamos hablando de obligaciones, y se trata de predicar con el ejemplo, de lavar el sartén para freír huevos, pero no escupirlo para saber si está caliente el aceite; recordar la bíblica viga en el ojo propio, y no olvidar al Mahatma: Ser uno mismo el ciudadano que exige ser a los demás. En fin, “ser el cambio que deseamos ver en los otros”. Y con su permiso me despido, Magín me llama.

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