¡Los límites al poder!

Ernesto Jimenez
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lunes, 18 septiembre 2017
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“El poder corrompe, y el poder absoluto corrompe absolutamente”. Lord Acton


El filósofo ateniense Platón, en el libro II de su obra “La República”, relata una interesante fábula, llamada “El anillo de Giges”. Esta historia versa sobre un pobre pastor que encuentra un portentoso anillo que le confiere la capacidad de volverse invisible. El elemento más relevante, y que da sentido a este relato, es el uso que este hombre hace de su nueva e imponente habilidad; pues al verse con semejante facultad, decide seducir a la reina y con ayuda de ésta, defenestrar al monarca para usurpar el trono del reino.


Esta mítica alegoría a la naturaleza del poder denota que, desde los antiguos filósofos occidentales, quedó claramente establecido que la ambición humana transforma al poder en un ente destructivo que, al verse sin frenos o barreras que le contengan, puede arrasarlo todo con tal de conseguir sus objetivos. Por esta razón, más adelante se establecieron los primeros mecanismos para limitar el poder absoluto con la primitiva República que se instituyó en Roma


Los Romanos, en los inicios de su historia, conocieron el horror de la tiranía bajo sus primeros 7 reyes, pero en el año 509, destronaron a Tarquino el soberbio y establecieron la República, cuyo objetivo principal fue evitar que los destinos de todo un pueblo dependieran de la voluntad de un hombre. Dentro de los marcos de este nuevo modelo de organización del Estado, se contempló que el poder ejecutivo no fuera regido por un solo individuo, sino que se estableció la dirección compartida de dos cónsules, y el contrapeso a la autoridad consular recayó en el poder legislativo, representado por el Senado de Roma. Esta fue la alternativa que en la antigüedad clásica se encontró para limitar el poder.


Lamentablemente, la expansión territorial sin precedentes que siguió al establecimiento de la República fue el combustible que inflamó la ambición desmedida de sus líderes, y la progresiva ineficiencia y corrupción burocrática del Estado imposibilitaron que fungiera como ente institucional para contener la sed de poder de sus máximos dirigentes. Esa fue la razón por la cual, en el año 27 A.C., luego de una cruenta guerra civil, se instauró el Imperio y se puso fin al experimento republicano. Una vez más, los destinos del pueblo romano dependían de los caprichos y deseos de un hombre. Los resultados de esto, a la larga, fueron fatales.


Consciente de esto, el genio florentino, Nicolás Maquiavelo, en su obra “El Príncipe” retrata crudamente la arbitrariedad con que los gobernantes pueden hacer uso del poder, sobre todo, cuando quienes le apoyan y rodean son los más asiduos beneficiarios de las mieles que otorga. Este autor indicó que “Un príncipe, para conservar el poder, es a menudo obligado a ser perverso, porque cuando el grupo del que juzga necesario para mantenerse esta corrompido, es conveniente satisfacer sus caprichos para mantenerlo”. Este tipo de enseñanzas históricas sobre el uso discrecional del poder, fue parte de lo que llevó a Montesquieu a plantear su afamada teoría de la “División de poderes del Estado”, como medio para garantizar la supervivencia de la libertad de los seres humanos.


Esta garantía de protección de derechos individuales fue realmente establecida, por primera vez en la historia moderna, con el nacimiento de los Estados Unidos de América. Dicha nación, desde sus orígenes, adoptó como dogma fundamental la defensa de la libertad individual ante el poder avasallante del Estado. Y, empezando por el ejemplo paradigmático de su primer mandatario, George Washington - quien gobernó por tan solo dos periodos y nunca más - se entendió que acotar el tiempo del presidente en el cargo era positivo para la democracia, y servía de escudo ante cualquier intento de tiranía.


Esta valiosa lección sirvió de faro para iluminar el camino hacia el desarrollo democrático de esa nación. Los estadounidenses aprendieron que mediante la restricción al poder presidencial era más viable consolidar las instituciones y las leyes del Estado; ya que las facultades supremas que el poder confiere a un grupo o a un solo hombre por tiempo indeterminado, son el principal enemigo de la paz y la libertad de los ciudadanos.


 


Ernesto Jiménez / El autor es economista y comunicador.


 


 

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