¡El respeto a la ley!

Ernesto Jimenez
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viernes, 22 septiembre 2017
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“Sin leyes no hay sociedad humana, y las leyes solo tienen valor si cada persona las respeta y las hace respetar”. Juan Bosch


La antigüedad clásica nos ha legado numerosos ejemplos de ingentes virtudes que sirven de valiosa referencia para la posteridad. Entre estos se encuentra la famosa epopeya que protagonizaron un reducido grupo de guerreros espartanos cuando se enfrentaron, conscientes de su perdición, contra el poder abrumador del Imperio Persa en la batalla de las Termópilas (en griego significa Puertas Calientes).


Esparta o Lacedemonia, como era conocida en aquellos tiempos, poseía el ejército más disciplinado y respetado del mundo occidental, con una fuerza aproximada de 5 mil hombres, entrenados desde niños exclusivamente en el arte de la guerra; sin embargo, el rey Leónidas fue enviado a detener el avance persa en el estrecho paso de las Termópilas con apenas 300 soldados. Entonces, si contaban con un formidable poderío armado, ¿Por qué enviaron al rey con tan pocos efectivos?


Diversos historiadores han arrojado distintas versiones de las razones que empujaron a los líderes espartanos, en un “momento estelar de la historia” como diría Zweig, a tomar semejante decisión. Entre las razones más socorridas se encuentra la posibilidad de que una parte de las autoridades políticas hayan sido sobornadas por los persas; también se cree que pudo haber sido una estrategia para tomar medidas de evacuación y protección de la ciudad mientras una parte del ejercito dificultaba el paso de las tropas enemigas; y finalmente, se habla de que unas fiestas religiosas fueron el impedimento principal para la salida al combate del total de las fuerzas armadas espartanas.


Independientemente de cuales fueran las razones, la historia nos ha reservado una extraordinaria justificación, escrita por los mismos guerreros espartanos que lucharon en las Puertas Calientes. Se cuenta que, antes del supremo sacrificio en la ofensiva final, los espartanos engravaron en una lápida la siguiente frase: “Caminante, informa a los lacedemonios que aquí yacemos en obediencia a sus leyes”. Esos hombres, con su sangre proclamaron ante el mundo la supremacía de la ley, y su apego irrestricto a ella, aun a costa de sus propias vidas.


Esa trascendental inmolación resuena a través de los siglos como un ejemplo invaluable de respeto a las normas que dan razón de ser al Estado, y que por lo tanto, fungen como garantes para la preservación de los derechos ciudadanos. Estas garantías están instituidas en la Constitución y las leyes, y desde el “Contrato Social” de Rosseau hasta el “Espíritu de las leyes” del Barón de Montesquieu, quedó claramente establecido que los hombres deben sacrificar parte de su libre albedrío natural, para en cambio, recibir normas estables que rijan la vida en sociedad y les permitan vivir en libertad.


El respeto a la ley es un requisito fundamental para el progreso de cualquier pueblo o nación. Sin estas sería imposible la convivencia entre los seres humanos; sin ellas, no tendríamos paz, ni progreso, ni sociedad organizada. Por lo que, en el camino hacia el desarrollo es preciso organizar la sociedad bajo leyes justas, que sean asumidas por todos como la vía expedita para vivir en armonía y prosperidad.


¡Y esto se puede lograr! Empezando por las escuelas y los hogares, donde se les debe enseñar a los niños la importancia de cumplir la ley; hasta llegar al rol fundamental de las instituciones, que son las máximas responsables de imponer, sin distinciones, discriminaciones ni privilegios, la autoridad suprema del Estado. Esa es una verdad incontrastable, y a su vez, una lección sencillamente indeclinable si pretendemos algún día ser una nación institucional y económicamente desarrollada.


 


Ernesto Jiménez / El autor es economista y comunicador.

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