La noche en que murió Fidel Castro y la pregunta que todos sabrán responder

Carlos Alberto Montaner
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lunes, 02 octubre 2017
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(El Nuevo Herald) A Raúl Castro no le tomó de sorpresa. Siempre fue una persona ordenada y previsora. Lo esperaba pacientemente desde hace años. La noche del 25 de noviembre del 2016, aunque era un hombre duro (pero de lágrima fácil), consternado y simultáneamente controlado, apareció en las pantallas de la televisión cubana y le comunicó al mundo que su hermano Fidel, el “Máximo Líder” de la Revolución, había muerto.


Cuatro años antes del deceso, impulsado por el quincuagésimo rumor de su muerte, con bastante precisión yo había escrito en el Nuevo Herald cómo serían los funerales (La nueva muerte de Fidel Castro). No era clarividencia de mi parte, ni la obra de un Nostradamus tropical, sino información de primera mano de una persona cercana a los hermanos Castro.


 


Todo lo tenían atado y bien atado, incluido el regreso del féretro por la Carretera Central, desde La Habana hasta el cementerio de Santa Ifigenia en Santiago de Cuba, casi 800 kilómetros, como alusión subliminal al viaje de llegada en 1959. Lo único que se les escapó fue la rotura en el trayecto del jeep que llevaba las cenizas del Comandante, anécdota que sirvió para reiterar en la conciencia de los cubanos la incapacidad casi asombrosa del socialismo.




En todo caso, era una noticia ansiada por muchos en Miami y temida por otros en Cuba, pero tensamente aguardada en las dos puntas del Estrecho de la Florida. Al fin y al cabo, se trataba de un hombre de 90 años, muy enfermo, que exhibía lo que los españoles llaman “una mala salud de hierro”. Llevaba muchos años, como dicen popular e irreverentemente los cubanos de los moribundos: “ensayando el manisero” (acaso por aquello de “caserita me voy, me voy”).

 

Sólo que morirse en cámara lenta, a lo largo de una década, le fue útil a Raúl Castro para lograr consolidar todo el poder bajo su control. Recuérdese que Fidel Castro, que se enfermó precipitadamente, había planeado que su inmensa autoridad sería parcelada entre tres funcionarios elegidos por él mismo, como hizo José Stalin en 1953.



Al canciller Felipe Pérez Roque le tocaría defender la herencia política y batallar contra el imperialismo en la dirección impuesta por el Comandante. Por eso, cuando lo nombraron Ministro de Relaciones Exteriores, afirmaron que era quien mejor interpretaba el pensamiento político de Fide Castro. Carlos Lage continuaría administrando el manicomio. Era y seguiría siendo el gerente del país. Un tipo fiable y flemático, dotado de respiración branquial. Su hermano Raúl permanecería al frente del polvorín y de la represión, manejando a los uniformados para garantizar un gobierno sin sobresaltos internos. En 1959 había sido nombrado Ministro de Defensa y en el 2006 continuaba en el puesto: todo un récord mundial. Su hermano lo tenía por un hombre leal y eficiente, pero sin una pizca de creatividad.



Raúl se encargó de liquidar a Lage y a Pérez Roque por el mismo procedimiento utilizado para salir del general Arnaldo Ochoa y del coronel Antonio de la Guardia. La Seguridad del Estado les grabó a Lage y a Pérez Roque unas conversaciones íntimas en que ambos se burlaban de Fidel. Cuando el Comandante las oyó estuvo de acuerdo en orillar a sus dos herederos. En este caso la muerte sería civil y no biológica. Los convirtieron en no-personas. De manera que Raúl Castro llegó al 25 de noviembre de 2016 como la única fuente de autoridad real que existe en Cuba.


El momento elegido para anunciar la muerte de Fidel Castro, o para desconectarlo, fue un conveniente viernes en la noche, tras el cierre de los telediarios. Mientras en La Habana alguna gente mostraba cierta pena, al menos oficialmente, en Miami la noticia se propagó con rapidez por los vericuetos de la emigración dando lugar a una explosión de júbilo. Alguna gente, incluso, se animó a ir al popular Restaurant Versailles, centro de la cubanidad culinaria y cívica, erigido por el santiaguero Felipe Valls en 1971.



La respuesta alegre de muchos de los exiliados era previsible. Se trataba de una comunidad de víctimas y de enemigos del régimen. Muchos de ellos habían sufrido prisión y la confiscación de sus propiedades. Un buen porcentaje tenía parientes fusilados o ahogados tratando de escapar del país. Era ridículo pedirles una actitud de respeto que no sentían.


Aunque nada cambiara, la muerte de Castro era una victoria biológica. Yo había visto en España una reacción parecida tras la desaparición de Franco en 1975. Allí no hubo manifestaciones visibles de satisfacción, porque el franquismo continuaba en el poder y era muy popular, pero el cava catalán se terminó en 48 horas. Luego comenzaron a llegar los exiliados y la fiesta democrática continuó. Para ellos sobrevivir al dictador era una especie de triunfo.


 

La asignatura pendiente de los exiliados es regresar al país –los que decidan emprender ese camino– cuando haya una verdadera transición hacia la democracia plural. Eso todavía no ha sucedido, pero todo se andará. Entonces los periodistas les harán la clásica pregunta: “dónde estaba usted y qué hacía la noche en que murió Fidel Castro”. Todos lo recordarán nítidamente.

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