Mugabe y la naturaleza del poder

Ernesto Jimenez
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jueves, 07 diciembre 2017
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“Todo poder cae a impulsos del mal que ha hecho. Cada falta que ha cometido se convierte, tarde o temprano, en un ariete que contribuye a derribarlo”. Concepción de Arenal


A través de los siglos, el accionar de los hombres que han determinado el destino de las naciones presenta lecciones que deben servir de guía para aquellos que están llamados a liderar pueblos.  Son páginas interminables de instrucciones que tienen un propósito crucial para el futuro de la humanidad: enseñar sobre la verdadera naturaleza de un instrumento que tiene una incomparable capacidad de crear, pero que, a la vez, posee una inconmensurable capacidad para destruir. Nos referimos a la naturaleza del poder.


 


La historia es pródiga en ejemplos sobre la suerte de aquellos que no entendieron sus preceptos y, en cambio, se dejaron emborrachar por las mieles del poder. Entre estos valiosos aportes podemos citar la forzada transición de mando que se gestó recientemente en Zimbabue, un país africano de 16 millones de habitantes, en donde las fuerzas armadas conminaron a renunciar del cargo al presidente más viejo del mundo, Robert Mugabe, quien había ostentado la más alta magistratura del Estado por 37 años consecutivos.


 


Zimbabue, antes de su declaración de independencia en 1979, era una colonia británica conocida como Rodesia del Sur, debido a una concesión de explotación minera que dicho gobierno otorgó al empresario Cecil Rodhes en 1888. Por lo que, resulta fácil determinar, que el nombre de todo este territorio se estableció en honor a un comerciante explotador proveniente del Imperio británico que, para ese entonces, era la nación más poderosa de la tierra.


Mugabe se convirtió en el primer presidente de este nuevo Estado en 1980, rodeado por la estela gloriosa de libertador. Pero, lamentablemente, el exacerbado afán de mantenerse en la cima del poder político le llevó a torcer los sagrados ideales de libertad y autodeterminación de su pueblo. Por lo que, para saciar esta avaricia, procedió a perseguir a quienes cuestionaban sus medidas autoritarias, desmanteló todo el aparato económico e institucional de la nación para someterla a su voluntad y gobernó con mano de hierro amparándose en la fuerza del ejército.


En ese trajinar, imbuido de la soberbia de sentirse amo del destino, Mugabe fue incapaz de asimilar la verdadera naturaleza del poder, por lo tanto, no pudo comprender que el poder es como un cerillo encendido que, en principio alumbra, pero a la larga termina quemando la mano que le acoge, si esta no es capaz de apagarlo a tiempo. Esa lumbrera inicial será finalmente la llama que fulmine los frutos de la ambición, pues sencillamente así es su naturaleza. Y, justamente, por haber inobservado esta enseñanza fundamental, luego de casi 4 décadas en el poder, el balance final del gobierno de Mugabe es oprobioso. En especial, porque retrata el legado de un hombre que llegó a la presidencia como redentor, y sale vergonzosamente de esta, expulsado como un odiado dictador.


Este episodio de la historia reciente nos muestra, entre otros elementos dignos de análisis, que el depuesto presidente tampoco entendió una aparentemente sencilla, y por demás, inmensa tesis marxista que enseña que, desde el propio seno del régimen germinará la semilla que ocasione su propia destrucción. Y una prueba irrefutable de esto es el hecho de que fueron las mismas fuerzas armadas, garantes de su poder, las que lo defenestraron. Culminado así, la confección de un crudo relato que muestra fielmente las razones que explican cómo el poder desata fuerzas nefastas que, terminan consumiendo hasta a su propio progenitor, cuando no existe conciencia política, ni instituciones firmes que sirvan de contención a la ambición desmedida de los hombres.


Ahora bien, cabe destacar que la historia también otorga ejemplos de gigantes, como los presidentes George Washington de EE. UU. y Nelson Mandela de Sudáfrica, quienes sí entendieron esta compleja dinámica del poder. Estos hombres, no obstante haber ostentando un poder casi absoluto que, estaba amparado y legitimado por el favor popular, decidieron entregar el cargo de presidente voluntaria y pacíficamente. Forjando, de esta forma, un legado invaluable de servicio incondicional, fortalecimiento institucional y desapego al poder material, que sirve de referente eterno para su propia gente y para los demás pueblos del mundo.


Ernesto Jiménez / El autor es economista y comunicador.


 


 


 

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