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Ernesto Jiménez
Economista y Comunicador social.

Una guerra comercial en ciernes

agosto 23, 2018
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“Entre más libre sea el flujo del comercio mundial, más fuertes serán las mareas de progreso humano”. Ronald Reagan

Toda acción bélica lleva consigo una serie de prejuicios, sofismas y errores que sirven de justificación a su propia existencia. Esta lamentable realidad se hace aún más evidente cuando los líderes políticos buscan apoyo popular en sus desventuras para convencer a la ciudadanía de la justicia de sus causas agresoras. Y desafortunadamente, ya sea por ignorancia o engaño, los ciudadanos suelen creer en esos cantos de sirena.  interpretados por sus dirigentes y mandatarios.

Ese “modus operandi” también tiene asidero en materia de comercio, debido a que en esta actividad natural del género humano, además de bienes y servicios, se intercambian técnicas, conocimientos y grandes sumas de dinero. En consecuencia, conforme se extienden las ganancias producidas por el incremento de las relaciones comerciales, se van forjando amplios intereses económicos entre los pueblos. Por eso, entre otras razones, es de vital importancia comprender, al menos básicamente, cómo funciona el comercio.

Ahora bien, para ilustrar, en términos simples, la mecánica del comercio internacional basta señalar que, así como ningún hombre produce por sí solo todo lo que consume, tampoco las naciones necesitan hacerlo. Es decir, para un individuo es más provechoso dedicarse a las tareas en las que es más productivo, para luego, con los ingresos generados por esa labor adquirir los bienes y servicios que otros individuos elaboraron con una eficiencia mayor. Resulta que, a nivel colectivo, los pueblos se benefician de una dinámica similar a la descrita anteriormente, en la cual, los países se especializan en producir aquellos bienes en donde son más competitivos y, en cambio, compran aquellos que no les conviene fabricar, ya sea por limitantes naturales o de productividad.

Es fácil apreciar que estas condiciones económicas favorables, originadas a partir de la apertura al comercio, benefician a todos los agentes económicos envueltos. Ganan los productores por los grandes beneficios que propicia un mercado más abierto, y a la vez, ganan los consumidores por el mayor acceso a productos de calidad y mejores precios. Es destacable notar que esta realidad no está en discusión por ningún sector político o económico de relevancia. Sin embargo, esos mismos beneficios de la apertura comercial generan balances de compras (exportación) y ventas (importación) que, cuando son mal entendidos, dan cabida a peligrosos sofismas que pudieran poner en peligro la prosperidad alcanzada. Por eso, es necesario advertir del grave error que significa concebir la actividad comercial como un ejercicio de suma cero, en donde el avance de un agente perjudica irremediablemente a los demás.

Ese tipo de concepciones desacertadas sobre el comercio internacional, lleva a algunos actores políticos a proyectarlo como si de un campo de batalla de se tratara, en el cual, solo se obtiene ventaja en detrimento de los demás. Y al maniobrar para esquilmar a quien debiera ser visto como un socio y no un contrincante, se cae en la errónea estrategia de utilizar el comercio como un arma para lesionar a los competidores. Y así nace la guerra comercial.

Un claro e ilustrador ejemplo de este escenario lo está protagonizando el presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, el cual, ensoberbecido en la sinrazón de su arrogancia, está conduciendo a su nación hacia una conflagración comercial con la República Popular China. Esto, unido a otras acciones aislacionistas, pudieran trastocar el orden occidental que, paradójicamente, fue creado en provecho de su propio país.

Dentro de las acciones del presidente Trump en esta guerra comercial en ciernes, se encuentra la imposición de una serie de barreras arancelarias, es decir, impuestos a la importación (compra al extranjero), de productos chinos que superan los 84,000 millones de dólares. Adicionalmente, ha amenazado con aumentar dichos aranceles a un 25 % y un monto superior a los 200,000 millones de dólares, lo que representa cerca del 40 % del total de las exportaciones chinas hacia los EE. UU. La lógica detrás de estas acciones es, supuestamente, proteger los empleos estadounidenses en el área de manufactura y reducir el déficit comercial con el gigante asiático. Ambos propósitos, aunque loables, están siendo abordados de forma incorrecta, por lo que no debe sorprender que los resultados de estas medidas, a largo plazo, terminen siendo contraproducentes.

Como era de esperarse, China ha respondido con medidas de proporciones similares, no obstante, ha advertido de la escasa sabiduría de cerrar los mercados; porque, de continuar esta peligrosa escalada de medidas restrictivas al comercio, se corre el riesgo de lacerar profundamente ambas economías. Esta advertencia es trascendental, debido principalmente, a que si hay algo en lo que la historia ha sido implacable en reiterar es que, en toda guerra, independientemente del tipo que sea, usualmente hay un único perdedor: la raza humana.

 

Ernesto Jiménez / El autor es economista y comunicador.

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