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Ernesto Jiménez
Economista y Comunicador social.

La función de los precios

septiembre 21, 2018
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“Las cosas valen lo que uno está dispuesto a pagar por ellas”. Publio Siro

 

Desde los albores de la civilización, uno de los principales desafíos con los que ha lidiado la humanidad es el concerniente a la distribución de los recursos. Este elemento, junto a otros factores relevantes, han impulsado la creación de diversos sistemas sociales y económicos que posibiliten una efectiva recolocación de bienes, tierras, objetos valiosos y herramientas.

 

A partir de la revolución agraria —hace más de 9000 años— el ser humano, acorde a lo expresado por Yuval Noah Harari en su libro “Sapiens: De animales a dioses”, se vio en la urgencia de establecer mecanismos de organización social que regularan todo lo producido en aquellas sociedades primitivas. De esta forma surgieron fuerzas colectivas que, en base al poder coercitivo de grupos dominantes, determinaron asuntos esenciales para la subsistencia, tales como: quienes se encargaban de sembrar los campos, cazar las bestias, defender al grupo y construir templos; esto así, para dotar del necesario orden económico a sociedades tribales con intereses disímiles que se manifestaban en numerosos y terribles conflictos.

 

Sin embargo, esos medios primitivos de repartición de responsabilidades y beneficios materiales se basaban en el uso de la fuerza bruta para imponer el orden social requerido. Esa dinámica, amparada en la ley del más fuerte, permeó todos los estamentos de organización política, social y económica durante siglos de historia humana. Lo cual, es fácil de mostrar en un sencillo ejemplo: en la España del siglo XVI, el emperador Carlos I tenía la potestad de decidir dónde sus vasallos podían vivir, en qué podían trabajar, con quienes se podían casar e incluso, hasta cuando debían morir. Es decir, la voluntad del monarca determinaba el uso y disfrute de los recursos existentes, incluyendo al bien más preciado de todos: la vida.

 

Esto empezó a cambiar con el advenimiento de la burguesía como clase social dominante, la cual, fomentó el auge de novedosas ideas económicas y políticas que propugnaban por mayores estadios de libertad, bienestar e igualdad en correspondencia con las leyes naturales inherentes a todos los hombres. Así fue posible establecer métodos más eficaces para producir y distribuir los bienes producidos, abriendo amplios espacios a la iniciativa individual privada, a la vez de permitir, dentro del marco organizacional de la economía de mercado, el surgimiento del mecanismo más eficaz para la efectiva asignación de los recursos materiales: el sistema de precios.

 

Este sistema encontró la respuesta al problema ancestral de la distribución en un escenario de bienes y servicios limitados, auxiliándose de la relación existente entre los productos que se ofrecen en el mercado y la demanda que el mismo mercado tiene de estos. Es decir, los precios son determinados por la ley de oferta y demanda. Por esta razón, es fundamental conocer cómo funciona esta “ley del mercado”, para entonces, entender la función de los precios en la economía. 

 

En ese sentido, las enseñanzas de Henry Hazlitt expuestas en su libro: “La economía en una lección”, ofrecen valiosas orientaciones. En esta obra se explica que, cuando la gente demanda mayor cantidad de un determinado artículo, los precios aumentan, acrecentando también los beneficios de los fabricantes; pero, al hacerse más lucrativa la producción de dicho bien, la oferta de éste se incrementa, logrando a su vez una consecuente reducción de los precios y del margen de beneficios. Este descenso —producto del aumento de la oferta— suele provocar el cese de operaciones de los emprendedores con altos costos de producción; no obstante, incentiva la participación de emprendedores más eficientes y con menores costos de producción. Así funciona, en términos muy simples, la ley de oferta y demanda, con el auxilio del sistema de precios como determinante de la colocación de los recursos. Ahora bien, a pesar de que los precios son determinados por la oferta y demanda del mercado, es importante destacar que el costo de producción tiene un efecto sumamente relevante en la cantidad de mercancías que ofrece el comerciante, ya que, éste toma en cuenta esos costos para fijar la cantidad futura que podría fabricar a un precio dado.

 

Ahora bien, más allá de las insoslayables virtudes del sistema de precios, es preciso destacar que también posee importantes fallas distorsionantes de su propia naturaleza. Una de estas es el hecho de que, ante el establecimiento de un esquema monopólico (mercado en el que solo hay un vendedor), donde no existe un entorno de libre competencia, el sistema ofrece resultados contraproducentes; además, es gravemente sensible a escenarios de información asimétrica y a la intervención del Estado, el cual, cuando intenta fijar arbitrariamente los precios de la economía —bajo el pretexto de garantizar altos grados de justicia social— suele, en cambio, provocar mayores niveles de escasez y pobreza. Esto así, porque los precios solo funcionan eficientemente en un marco de libre competencia, en el que su valor sea establecido por las leyes del mercado.

 

Ernesto Jiménez / El autor es economista y comunicador.

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