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Ernesto Jiménez
Economista y Comunicador social.

El rol fundamental de los impuestos

septiembre 28, 2018
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“A una justicia igualitaria corresponde también una igualitaria aplicación de impuestos”. Thomas Hobbes

El Estado, dentro de sus numerosas acepciones, puede ser entendido como un ente organizador de la vida en sociedad. Esta definición, a su vez representa una declaración de intenciones, en donde, se establece la necesidad de regular el accionar de los individuos para permitir la convivencia y el desarrollo colectivo. En ese sentido, la famosa tesis del “Contrato social”, formulada por Jean Jacques Rousseau indica que los ciudadanos renuncian a parte de su libertad, para que en cambio, el Estado garantice su seguridad. Esto así, porque de lo contrario, se cumpliría aquella frase proverbial de Hobbes que enseña que el hombre es un lobo para el hombre.

Sin embargo, detrás de la belleza estética de esos justos postulados libertarios se encuentra la cruda realidad que impone el mundo material. Por lo que, en cuanto a lo que al Estado se refiere, es necesario establecer mecanismos económicos para financiar las instituciones llamadas a preservar el orden, la paz y el progreso por el cual los ciudadanos delegaron sus libérrimas atribuciones naturales. Y resulta que, el instrumento más efectivo para cumplir con esta imperiosa necesidad son los impuestos.

En términos simples, los impuestos son obligaciones monetarias unilaterales dispuestas por la ley, cuyo cumplimiento, no conlleva una retribución directa a favor del contribuyente por parte del Estado, sino que, mediante acciones del mismo, se obra en pos del beneficio general. El objetivo principal de este tipo de tributo es financiar los gastos del Estado, el cual, a través de sus instituciones debe establecer niveles impositivos adecuados para las empresas y los ciudadanos. Esa labor, unida a la consiguiente planificación del gasto público es lo que se conoce como política fiscal.

Existen múltiples clasificaciones que diferencian las distintas clases de impuestos que suelen ser utilizados. Por lo que, se han determinado 3 factores primarios que a grandes rasgos sirven para identificar el sistema impositivo imperante. En primer lugar, se encuentran los impuestos planos, cuya proporción no depende de la renta o ingreso disponible; segundo, los impuestos regresivos, que son aquellos que conllevan un porcentaje menor de gravamen dependiendo de cuan mayor sea la renta; por último, los impuestos progresivos, que imponen un porcentaje mayor de tributos a quienes más dinero devengan.

Se puede afirmar, sin temor a equivocarse, que entre las principales escuelas del pensamiento económico existe un consenso en cuanto a que es más justo y, a la vez, preferible para la economía que las estructuras fiscales tengan un marcado carácter de progresividad, en donde, exista una proporcionalidad entre el nivel de renta y el nivel de gravamen. Es decir, que quien gane más, también pague más. No obstante, existen otros tipos de impuestos en donde el consenso no es tan evidente, como por ejemplo, el caso de la categorización, algo imprecisa, de impuestos directos e indirectos.

Los economistas Jeffrey Sachs y Felipe Larraín, en el libro “Macroeconomía en la economía global”, indican llanamente que los impuestos directos son los que se aplican a directamente a personas naturales y jurídicas (ej. Impuesto sobre la renta), en tanto que, los indirectos son aplicados a bienes y servicios (ej. Impuestos al valor agregado, aranceles). Estos autores también demuestran que en los países desarrollados las estructuras tributarias suelen estar amparadas en mayor proporción en los impuestos directos, mientras que en los países en vías de desarrollo tienden a depender en mayor medida de los impuestos indirectos. Ese es un dato ilustrados para los estudiosos del desarrollo económico.

Ahora bien, independientemente de las clases de impuestos imperantes en una nación, lo más conveniente para la estabilidad económica de la nación es que estos respondan al más amplio sentido de equilibrio y responsabilidad fiscal, pues de lo contrario, si se cae en la tentación de establecer tasas de impuestos exacerbadas, se generarían altos costos distorsionadores que, tal como advirtió el economista estadounidense Arthur Laffer, desestabilizarían los mercados, desincentivaría el ahorro y la producción, deprimiría el consumo privado, y en última instancia, lesionaría gravemente la economía, por lo que, consecuentemente, se reducirían las recaudaciones que el Estado —mediante el aumento de impuestos— pretendía obtener.

 

Ernesto Jiménez / El autor es economista y comunicador.

 

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