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Ernesto Jiménez
Economista y Comunicador social.

La economía y el pulso social

noviembre 16, 2018
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“La actividad que más influye en la política es la economía. Si la economía marcha bien, marcha bien la política”. Juan Bosch

Resulta sumamente difícil, por no decir imposible, entender los complejos fenómenos sociales de un pueblo sin estudiar los procesos de producción material que se gestan en las entrañas de dicho conglomerado humano. Esto así, porque cada decisión individual de un sujeto social está subordinada a su posición económica. Esa insoslayable relación entre el accionar social y la posición material del individuo ha tenido relevantes implicaciones en el devenir de la historia humana. Por esta razón, representa un hito trascendental que, el pensador más influyente de la historia moderna, el filósofo alemán Carlos Marx, estableciera —a mediados del siglo XIX— las bases científicas que explican con claridad meridiana este inquebrantable vínculo causal entre la economía y el quehacer sociopolítico.

En una obra publicada en 1853 bajo el título: “Una contribución a la crítica de la economía política”, Marx expone, a través de agudas observaciones a las teorías de economistas clásicos como Adam Smith y David Ricardo, su visión de la interpretación materialista de la historia. Esta lectura de los acontecimientos que dan forma a la historia humana parte de la idea —revolucionaria en su momento— de que las relaciones materiales de producción que se generan entre los seres humanos condicionan la ideología, las instituciones y las decisiones políticas de la sociedad, conformando a su vez, el entramado estructural que motoriza el curso de la historia.

Esta concepción analítica fue más tarde denominada “materialismo histórico” por el filósofo ruso Gueorgui Pléjanov, y se encuentra brillantemente resumida en las siguientes palabras del prólogo de la citada obra: “El conjunto de estas relaciones de producción forma la estructura económica de la sociedad, la base real sobre la que se levanta la superestructura jurídica y política y a la que corresponden determinadas formas de conciencia social. El modo de producción de la vida material condiciona el proceso de la vida social, política y espiritual”.

A partir del desarrollo conceptual del materialismo histórico los estudiosos de los acontecimientos globales contaron con un poderoso marco teórico que permite organizar las decisiones humanas en base a estructuras materiales que determinan su accionar social. De esta forma, es posible explicar complejos fenómenos históricos que, de lo contrario, serían prácticamente indescifrables. Por ejemplo, es poco menos que imposible entender el paradigmático nacimiento de la democracia liberal en los Estados Unidos de América sin conocer la avanzada base económica que en su interior se gestó con el desarrollo de la economía de mercado.

De igual modo, resultaría una tarea irrealizable analizar rigurosamente el resurgimiento global de ideologías populistas y ultranacionalistas en occidente que, cual eco estridente, resuena impenitente desde la raíz de las grandes crisis económicas (crack del 29, hiperinflación alemana, etc.) del siglo XX, hasta la depresión financiera de principios del siglo XXI, sin el auxilio teórico del materialismo histórico. Debido a que, en ambos escenarios, el vuelco político de las sociedades occidentales hacia posturas autoritarias fue, principalmente, determinado por el deterioro de sus condiciones materiales de existencia. Es decir, así como la crisis del capitalismo global de principios del siglo pasado erosionó el orden liberal e impulsó al falangismo español, el fascismo italiano y al nacismo alemán; de igual manera, la crisis del 2008 ha generado movimientos populistas, anti políticos y radicales que progresivamente van conquistando espacios en detrimento de los valores democráticos, tanto en países industrializados como en naciones en vías de desarrollo.

En definitiva, la interpretación simple es que esos bruscos cambios políticos se originan a partir de abruptos cambios en la economía. Ya que, está demostrado que el bienestar económico suele promover sociedades más incluyentes y tolerantes; pero en sentido contrario, los escenarios de depresión económica radicalizan a los pueblos. Por consiguiente, es fundamental que los actores sociales conscientes entiendan esta realidad, ya que, solo mediante el conocimiento se pueden crear barreras institucionales que frenen el surgimiento de alternativas antidemocráticas que, envueltos en grandilocuentes y demagógicas promesas, terminan por subyugar la libertad de los pueblos de la tierra.

 

Ernesto Jiménez / El autor es economista y comunicador.

 

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