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Ernesto Jiménez
Economista y Comunicador social.

La normalización del oprobio

julio 05, 2019
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“Se han acostumbrado. Al principio derramaron unas lagrimitas, pero después se acostumbraron. ¡Miseria humana! A todo se acostumbra uno”. Fiódor Dostoyevski

La naturaleza humana es un concepto que suele ser reconocido como un mar insondable de profundas pasiones e intrincadas contradicciones que, no obstante contar con el contrapeso permanente que impone la razón, rige en última instancia el proceso de pensamiento que motoriza el accionar humano. Esta dinámica es determinante a la hora de entender las decisiones de una persona y, al colectivizarse mediante la sumatoria de cada acción particular dentro de un entramado social, termina forjando el devenir de los pueblos.

Es importante destacar que las características que conforman la también denominada “condición humana” no cuentan con el aval generalizado de antropólogos, filósofos, sociólogos y demás estudiosos de la materia, debido principalmente, a que se trata de una noción filosófica abstracta de supuestos y valores universales que han evolucionado divergentemente al compás del desarrollo de diferentes pueblos en diferentes eras. Sin embargo, a pesar de esta falta de consenso, existe un elemento insoslayable de la raza humana, que es universalmente reconocido como una válida descripción de la especie que domina la Tierra: su incomparable capacidad de adaptación.

Desde los ensayos filosóficos de Montaigne y Lord Byron, hasta los complejos tratados antropológicos de nuestra era, se establece contundentemente la inestimable capacidad que tienen los hombres y mujeres del planeta para adecuarse a prácticamente cualquier estado climatológico, atmosférico o incluso social en que puedan estos encontrarse, lo cual, se evidencia fehacientemente a partir de incontables hazañas que muestran la voluntad humana para resistir la inclemencia de inconmensurables fenómenos adversos, verbigracia, la violenta ocupación del continente americano por parte de los europeos, o la llegada del primer ser humano a la luna (Neil Armstrong) el 16 de julio de 1969.

Ahora bien, esta impresionante habilidad biológica de adaptación, conlleva en su interior —cual espada de Damocles— una delicada dualidad que, en múltiples episodios históricos, ha mostrado su peor faceta; ya que, de la misma manera en que se habitúa al trabajo duro, también se puede habituar a la holgazanería, así como los pueblos se acostumbran a la honradez, así también pueden acostumbrarse al oprobio. Y esto se amplifica cuando los mecanismos sociales de colectivización de la conducta se amoldan a un comportamiento extendido en la población, la cual, de forma automática procede a su posterior aceptación y normalización.

Es en ese proceso de “aceptación” donde se generan los paradigmas sociales de progreso o degradación que influyen determinantemente en el desarrollo material e institucional de los pueblos. De ahí surge la peligrosa tendencia de algunas sociedades en vías de desarrollo de asumir como natural las conductas reprochables de sus líderes, con el agravante, de que al justificarlas corren el riesgo de terminar siguiendo patrones similares a nivel colectivo.

Las manifestaciones de este terrible fenómeno normalizador de inconductas son, lamentablemente, abundantes. Como por ejemplo, la pasmosa indiferencia con que ciertas sociedades del planeta aceptan las injerencias vulgares del poder ejecutivo contra la independencia de los demás poderes del Estado; o también el triste ejemplo de aquellos países que observan petrificados la manera en que sus hijos se asesinan entre ellos en luchas estériles por el control de rutas de narcotráfico; por igual es alarmante constatar como en muchas sociedades se asume con total normalidad el hecho de que la voluntad de un mandatario atente contra la libertad de los ciudadanos, e incluso, llegando al extremo de contar con el beneplácito de “brillantes intelectuales” que, cooptados por dádivas, sobornos y obsequios justifican cualquier tipo de abusos contra el pueblo con tal de obtener o preservar grandes beneficios y privilegios. 

Sin embargo, a pesar de lo oscuro que la ignominia general puede tornar el panorama social de una nación, resulta que, esa misma sociedad que forja caminos de iniquidad y desvarío conductual, también es capaz de generar en su seno una luminosa oposición dialéctica que, a pesar de los desmanes que impone el abuso de poder y la corrupción, construye senderos de consciencia, principios, valores y educación. Entonces, llegado ese momento, los pueblos se ven en la disyuntiva de elegir el modelo de éxito a seguir para determinar los destinos de la nación, lo que, a su vez crea un dilema que se puede simplificar en dos vertientes trascendentales: por un lado, está la ruta de la arrabalización institucional y la descomposición social, y por el otro, se encuentra el camino del progreso, la prosperidad, el bienestar y la libertad.

Ernesto Jiménez / El autor es economista y comunicador.

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