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Ernesto Jiménez
Economista y Comunicador social.

Augurios de una próxima recesión

septiembre 13, 2019
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“Los hombres prácticos, que se creen exentos de cualquier influencia intelectual, son usualmente esclavos de algún economista muerto”. John Maynard Keynes.

 

Los expertos en economía tienen en la historia un abrevadero vital para entender el comportamiento de los pueblos en el orden material. Esta ciencia auxiliar permite a los estudiosos repasar la experiencia humana y prever, junto a los datos que brindan complejos modelos matemáticos y estadísticos, los fenómenos futuros que pudieran poner en peligro el progreso de la sociedad.

 

A propósito de esto, para interpretar el escenario económico actual es preciso recordar el episodio histórico más reciente de contracción de la producción global, el cual, dicho sea de paso, se encuentra aún muy presente en el imaginario colectivo debido a que aconteció hace apenas unos 11 años y sus devastadores efectos redujeron considerablemente el bienestar social y material de los ciudadanos. Esa gran crisis económica y financiera golpeó con rudeza las economías del planeta, reflejándose en el desplome de indicadores relevantes como el PIB (Producto Interno Bruto) mundial, que se contrajo en un 1.67 % en el 2009, indicando irrefutablemente la importante caída de la productividad global que, a su vez, trastocó sensiblemente las esperanzas de generaciones enteras de superar los estándares de vida que habían heredado de sus progenitores.  

 

Como cabría esperar, esa especie de “decepción generacional” laceró profundamente las instituciones democráticas del planeta al fortalecer la creencia de que la democracia liberal y la economía de mercado no son la respuesta a las legítimas aspiraciones ciudadanas de alcanzar mayores niveles de prosperidad. Este escenario de marcada desconfianza en las instituciones políticas y económicas establecidas ha propiciado un delicado estado de exacerbada susceptibilidad de los mercados internacionales ante cualquier señal ominosa de ralentización de la expansión económica en las naciones más desarrolladas. Lo cual, se agrava cuando se une al panorama la guerra comercial que el gobierno de los Estados Unidos de América (EE. UU.) —la economía más grande del mundo— ha iniciado en contra de la potencia económica y militar emergente más importante del planeta, la República Popular China.

 

Por esta razón, en los últimos meses se ha configurado un “mind set” o “mentalidad establecida” de extrema cautela ante los indicadores contradictorios que se están generando a nivel económico. Y aunque ciertamente se observa una relativa bonanza de la economía estadounidense —de cuya salud depende gran parte de las economías del planeta— con una alta tasa de crecimiento del PIB (2.1 % en el 2do. trimestre), junto a una evidente reducción del desempleo en los últimos años (3.7 %); también persisten otros elementos que generan preocupación, como es el caso del aumento de la deuda pública que ya alcanza el 107 % del PIB, una inflación que continúa en niveles más bajos del deseado y un nivel de consumo que se ha estancado. Estos indicadores, unidos al decepcionante desempeño de las economías de la Unión Europea (UE) —Alemania, considerada el motor de la UE, lleva dos trimestres seguidos con crecimiento macroeconómico negativo y Gran Bretaña que sigue sumergida en el caos de su salida de la Unión Europea— confeccionan una atmósfera enrarecida donde prima un alto grado de desconfianza, agitación e incertidumbre en los mercados internacionales.

 

Esta “atmósfera enrarecida” viene condicionada por las decisiones políticas que ha adoptado el gobierno de Donald Trump, pues entre destacados analistas se percibe que, quizás sin plena consciencia de ello, el presidente estadounidense está minando las bases del orden internacional liberal de la posguerra. Y ante estas expectativas negativas, muchos inversionistas han preferido salvaguardar sus capitales en opciones más seguras, verbigracia, bonos del tesoro de EE. UU. y el oro. Este tipo de decisiones, generan a su vez, relevantes fenómenos económicos como, por ejemplo, la poco agraciada “inversión de la curva de rendimiento”, que se presenta cuando los rendimientos de los bonos estatales de vencimiento a corto plazo superan a los rendimientos de largo plazo. Esta anomalía es un acontecimiento importante de la economía de EE. UU., sencillamente, porque cada vez que ha sucedido en ocasiones anteriores, ha sido parte del preludio de resultados económicos negativos posteriores.

 

A raíz de todos estos acontecimientos, no es de extrañar que estén surgiendo numerosos presagios sobre una probable crisis económica mundial, y resulta sumamente interesante constatar que prácticamente todos estos augurios ominosos vienen justificados por las decisiones políticas, incluso en contra de principios fundamentales de la economía, que está tomando el presidente Trump. Pues todo parece indicar que este señor intenta determinar el curso de la economía mundial a fuerza de amenazas, resoluciones administrativas y tuitazos. Y con este obtuso proceder está poniendo en peligro la estabilidad macroeconómica global.

 

Ernesto Jiménez / El autor es economista y comunicador.

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