El primer orgasmo del cine inventaría el WiFi

Cine
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martes, 18 abril 2017
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Viena.- Aunque ella las protagonizaba, la vida de Hedy Lamarr bien merecía el guion de una película. Actriz, inventora, judía casada con un antisemita, espía (o no), cleptómana, adicta a las pastillas… y una de las mayores bellezas de la historia del cine.

De todo eso habla ella misma en sus memorias «Éxtasis y yo» (Notorious Ediciones), que se editan por primera vez después de que vieran la luz en 1966, generando un gran revuelo en el Hollywood de la época. Tanto que la actriz llegó a demandar a la editorial, con la que había firmado un contrato de 200.000 dólares por contar su historia e intentar, de paso, relanzar una carrera que iba camino del ocaso.

El proyecto contó con la pluma de Leo Guild y Cy Ryce, dos negros literarios, que contaron hasta el más íntimo detalle de su vida, incluyendo sus correrías sexuales, sus seis matrimonios y correspondientes divorcios y sus largas conversaciones con el psiquiatra. Lamarr calificó al tiempo el resultado de «absurdo, vulgar y obsceno».

Nacida en Viena como Hedwig Eva Maria Kiesler, hija de un banquero y una pianista judíos, la historia no habría guardado un hueco para ella si no hubiera conocido a Louis B. Mayer, el mandamás de la Metro-Goldwyn-Mayer.

Años atrás la actriz ya se había hecho famosa tras protagonizar el primer desnudo en una película comercial y después de que Gustav Machaty filmase su orgasmo en «Éxtasis». Era la primera vez que el cine mostraba el momento álgido sexual de una mujer, aunque, lejos de lo que trasmitían, los gestos de la actriz se debían a que el director se encontraba tumbado debajo del colchón, pinchándole con alfileres.

La película causó la vergüenza de sus padres el día del estreno y la furia del Papa Pío XI, que intentó prohibirla. De hecho, lo estuvo en muchos lugares, incluyendo varios estados de Estados Unidos durante más de 20 años.

A su primer marido tampoco le gustó e intentó comprar todas las copias que existían para que nadie pudiera ver desnuda a su esposa. Los celos eran la principal característica de Fritz Mandl, quien se fijó en la actriz durante una representación teatral y utilizó sus contactos con Hitler para que sus padres la dieran en matrimonio.

Como ella misma cuenta, la convirtió en su esclava sexual y solo le permitía salir de su mansión si iba acompañada por él. Durante dos años intentó escapar una y otra vez y, al final, lo consiguió con una trama que bien habría podido firmar Hitchcock.

Contrató a una criada que se parecía a ella, aprendió a imitarla durante meses y, un día, la drogó, se puso su ropa y escapó a la estación de ferrocarril, camino de Francia. «Fritz había jugado a tenerme prisionera. Yo jugué a escaparme. Él perdió». Allí logró el divorcio, pero siguió notando la influencia de su ya exmarido, así que huyó a Londres, donde cambiaría su vida.

El primer encuentro con Louis B. Mayer no fue del todo bueno. El jefe de la MGM la había visto en «Éxtasis» y pretendía hacer de ella una estrella, aunque bien diferente a lo que había sido hasta entonces.

«Las nalgas de una mujer son para su marido, no para los espectadores», le aseguró durante aquella reunión, aunque después firmaría un contrato con ella y explotaría en numerosas ocasiones la sensualidad de la rebautizada por Mayer como Hedy Lamarr.

Dejó escapar «Casablanca»

Sus primeras películas en Hollywood fueron un fracaso. Toda la expectación que se generó con la llegada de la actriz de «Éxtasis» quedaba muy lejos de sus resultados, pero la inversión que hizo la MGM en ella la estableció como una de las morenas de referencia del cine, al lado de estrellas como Clark Gable o Spencer Tracy. Actrices como Joan Bennett o Joan Crawford se quisieron parecer a ella y se tiñeron el pelo para lucir como la Gaby de «Argel».

Tenía gran falta de criterio a la hora de elegir los guiones y dejó escapar «Casablanca» y «Luz que agoniza», películas que habrían catapultado su carrera como actriz en vez de como belleza, pero tendría que esperar algunos años para encontrar el papel que la consagraría.

Su interpretación de Dalila en «Sansón y Dalila» fue un éxito, aunque no le gustara a Groucho Marx. «Nunca iré a ver una película en la que el busto del actor sea más grande que el de su estrella femenina», señaló. No sabía que en realidad Hedy Lamarr tenía más pecho del que lucía en pantalla y eso le permitió abrir muchas puertas de Hollywood.

Un curioso olvido

La actriz no mencionó en ningún momento que, aparte de leer e interpretar guiones, dedicaba gran parte de su tiempo a la investigación científica. Como poco resulta extraño que la autobiografía de la persona que cambiaría el panorama de la comunicación olvidara comentarlo en algún capítulo.

Quizás ni ella sabía por aquel entonces que su «sistema secreto de comunicaciones» marcaría el devenir del futuro y sería hoy indispensable para el GPS o el wifi. O quizás el Ejército estadounidense tejió sus hilos para que las líneas en las que se mencionaba se borraran accidentalmente, ya que estaba empezando a utilizar la patente que Hedy Lamarr les cedió gratuitamente durante la Segunda Guerra Mundial.

Las memorias no dejan claro si fue o no una espía, aunque es evidente que tenía cualidades para ello. Debió aprender sobre armamento mientras estaba casada con Mandl, un siniestro fabricante de armas que abastecía a Hitler y con el que tuvo que acudir a numerosas cenas de negocios en las que el único tema de conversación eran las guerras.

Como si de una esponja se tratara, adquirió conocimientos y los utilizó a principios de los 40, cuando ya había huido de su marido y se encontraba cómodamente instalada en Hollywood.

Junto a George Antheil, al que conoció en una fiesta, desarrolló las ideas primarias de lo que hoy se conoce como «salto de frecuencia» y que se utilizaba para poder teledirigir torpedos sin que el enemigo detectase el lanzamiento. Era un sistema complejo que se basaba en las 88 teclas de un piano y que no entusiasmó a la Marina.

En vez de aceptar un invento al que sí recurriría durante la Crisis de los Misiles de Cuba, el gobierno invitó a la actriz a involucrarse en una campaña para recaudar fondos para la guerra, vendiendo besos a los soldados.

Su profundo odio al nazismo hizo que no le importara aquel rechazo, aunque el desarrollo del invento le costara rehusar una de las películas más importantes de la historia del cine.

Dijo que no a la Warner Brothers y a su «Casablanca» y su papel acabó recalando en Ingrid Bergman, con la que, además, mantenía una gran enemistad fuera de la pantalla. A la actriz sueca y a Humphrey Bogart siempre les quedará París. A Hedy Lamarr le quedará el wifi.

Eduardo Rivas
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