Iñárritu en la frontera

Cine
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viernes, 19 mayo 2017
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Cannes.- Carne y arena es la forma con la Cannes saluda a un extraño y desconocido nuevo tiempo. A un lado la polémica de Netflix, toca ahora reflexionar sobre el límite de la pantalla. Apenas son seis minutos y medio de algo que, a falta de mejor definición, la publicidad y el cansancio ha dado en llamar "experiencia".


Es cine, pero también es otra cosa. Es atracción de feria, pero aspira a las salas blancas de los museos. Hablamos de Carne y arena, una instalación en la que la audiencia es invitada a formar parte de manera aburguesadamente literal de la aventura equinoccial de un grupo de hombres, mujeres y niños perdidos y acosados en el desierto que separa México de Estados Unidos.


Se trata de 3D extendido sobre un escenario en el que todo, hasta el cuerpo mismo del espectador, es pantalla. La frontera en el más amplio de los sentidos.


Cuenta el director mexicano que el trabajo en colaboración con el fotógrafo Emmanuel Lubezki le ha llevado cuatro años. Ha sido un tiempo dedicado a recopilar historias de inmigrantes a la vez que daban con el dispositivo para hacerlas emocionalmente táctiles. "Mi intención es explorar la condición humana a la vez que se intenta romper la dictadura del 'frame'", dice.


Se trata de caminar con las almas errantes de los que huyen y hacerlo "sobre sus mismos pies, debajo de su piel, al ritmo acelerado de su corazón".


Para situarnos, la 'experiencia', dejémoslo en eso, empieza mucho antes de colocarse las gafas de 3D que te introducen en un nuevo mundo. El set se encuentra en un aeropuerto deportivo a diez minutos en coche de la Croisette.


Al lado del casino y en el mismo puerto deportivo, el futuro espectador, de momento sólo acreditado en el Festival de Cannes, es recogido para ser depositado en un hangar. Una especie de cubo gigante reconstruido con retales del que fue el muro real del desierto antes de ser sustituido por otro de hormigón alberga la instalación. "Aquí no hay actores. Estas son historias reales, recreadas por los inmigrantes que las experimentaron", se lee en el cartel de presentación.


En la antesala, el espectador es conminado a descalzarse y esperar. Lo siguiente es un escenario de arena que se cuela entre los dedos de los pies desnudos como prólogo a lo que vendrá. Colocadas las gafas, empieza todo. "La experiencia jamás será la misma para ningún visitante", se lee.


Y así es. Uno puede moverse entre los personajes, decidir de qué parte estar (si de los inmigrantes humillados o la policía) y, llegado el caso, confundirse con cualquiera de ellos. En cuanto se entra en el territorio de la 'carne' ajena, un corazón extraño vibra por encima de cualquier otro sonido.


Cuando el agente de la frontera exija que nos arrodillemos, lo haremos. De golpe, la realidad de forma sorprendentemente ingenua se quiebra y deshace en un sentimiento ilocalizable en medio de ninguna parte entre el ridículo, la vergüenza, el dolor y la ira. Hasta los sueños son visualizados con una nitidez cerca del simple miedo. Siempre en la frontera: entre un país y otro, entre el cine y lo que vendrá, entre la realidad y la ficción.


La historia que 'se vive' es "realísticamente irreal". Es un condensado de los relatos de Manuel, Lina, Amaru, Luis, Carmen, John el policía, Francisco y Selene. Todos ellos sufrieron los rigores de unas cámaras frigoríficas donde los inmigrantes son arrestados. Todos huían de un pasado sin futuro de bandas, secuestros, violencia y pobreza, mucha pobreza. Todos sintieron el arañazo del calor inhumano.


Todos se empeñaron hasta las cejas para pagar a Los coyotes. Todos vieron la muerte de sus compañeros. Todos padecen el acoso de ser perseguidos en un país en el que aún, después de años de trabajo y estudio, son extranjeros.


Unos han conseguido su sueño de ver a su familia reunida después de décadas de trabajo semiesclavo a razón de 7.000 dólares por cada viaje por el desierto. Otros todavía esperar con el momento de ver su momento. Y así.


Cada uno de ellos es un personaje tan perfectamente tecnológico que se diría carnal. Y cada uno camina al lado de un espectador que vive una vida ajena entre la seguridad de saberse sólo un visitante y la inquietud de verlo todo demasiado cerca.


Para cuando acaba todo, el pantalón conserva aún algo de la arena. Los ojos tardan unos segundos en recuperar la luz. De vuelta a Cannes, el coche de la organización pasa por delante de una fila de yates impecables. Sigue sin haber pantalla.


¿Es éste el futuro? De momento, es uno de ellos. "Visualmente presente, físicamente invisible", escribe Iñárritu. Veremos.

Luis Martínez
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