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Ernesto Jiménez
Economista y Comunicador social.

Los salarios y la productividad

octubre 12, 2018
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Hay una regla para el empresario y es: hacer los productos con la mayor calidad posible al menor coste y pagando unos salarios lo más altos posibles”. Henry Ford

La palabra salario proviene del latín “salarium” que significa “pago de sal” y tiene su origen en el antiguo Imperio romano, cuando, debido a la enorme importancia de la sal para conservar los alimentos, se utilizaba —junto a las monedas de circulación de la época— como medio de pago. Ese uso fue de una magnitud tan extensa que, inclusive las autoridades recurrían a este mineral para remunerar a los soldados que defendían las fronteras del Imperio. Por lo que, para fines prácticos, la sal funcionaba como dinero, y su aplicación como método de retribución llegó a ser un sinónimo de sueldo.

El conocimiento del origen histórico de este concepto posibilita entender la forma en que, a lo largo del tiempo, la palabra salario llegó a abarcar, no tan solo el pago sistemático de servicios a través de la sal, sino también cualquier tipo de remuneración monetaria que se efectuara de manera periódica como contraprestación a las labores realizadas por el trabajador durante un período de tiempo determinado. Lo que, a su vez, significa que el salario se convirtió en el precio del trabajo.

A raíz de esta interpretación se evidencia la importancia del salario en la teoría macroeconómica. Ya que, al considerar dicho elemento como un precio del trabajo, se vincula indefectiblemente a la determinación del equilibrio de la oferta y demanda del mercado de trabajo y, por ende, al bienestar general de la población. Por lo que, para estudiar seriamente el comportamiento de los sueldos o salarios devengados por los trabajadores de una nación es preciso preguntarse: ¿Qué determina el nivel de los salarios?

La teoría clásica dominante enseña que el principal factor que incide en torno a cuán altos o bajos son los salarios es el nivel de productividad de la economía de una nación. Por tanto, para entender mejor esta relación económica es imprescindible conocer el significado del término “productividad”. En ese sentido, el economista estadounidense, Joseph Stiglitz, en su libro “Macroeconomía” explica que la productividad es la relación entre la cantidad de productos obtenidos por un sistema y los recursos utilizados para obtenerlos. Esto, en términos simples quiere decir que, un país o un individuo es más productivo mientras mayor capacidad tenga de ofrecer bienes y servicios en igual o menor tiempo que su competidor. Y ese aumento de la productividad le permitirá generar mayores ingresos que, en última instancia, impactan positivamente en el salario del trabajador.  

El profesor Stiglitz, en el texto citado anteriormente, muestra cómo la evidencia empírica respalda el axioma que posiciona a la productividad como el factor más determinante en el nivel de los salarios. Para evidenciar esta teoría estudió la relación entre la productividad, las horas de trabajo y el ingreso per cápita de los habitantes de Reino Unido desde el año 1785 hasta el 2000. Los resultados fueron los siguientes: en 1785 un obrero trabajaba aproximadamente 62 horas a la semana, con una productividad, medida en dólares, de 1.29 por hora y un PIB per cápita de 1,505 dólares (valor de 1990); en 1950 los trabajadores laboraban 40 horas semanales, su productividad era de 7.86 dólares por hora y el PIB per cápita ascendía a 6,847 dólares (valor de 1990); finalmente, en el año 2000, se laboraba en promedio 30 horas semanales, la productividad era de 28.77 dólares por hora y el PIB per cápita era de 19,817 dólares (valor de 1990). Luego de observar estos resultados, resulta bastante fácil apreciar que, en Reino Unido, las mejoras en materia de productividad, permitieron menores horas de trabajo y mayores ingresos por dicha labor.

Ahora bien, toda esa bondad salarial no se debió exclusivamente al factor productividad, pues existen otros elementos troncales que impactan sensiblemente en el nivel de los salarios de una sociedad, dentro de los cuales, el Estado y las instituciones juegan un rol fundamental. En ese orden, cabe destacar que el Estado ejerce un papel preponderante mediante legislaciones que permitan un desempeño armónico del mercado de trabajo. En consiguiente, es el garante de los derechos de los trabajadores, mientras que, a la vez, es el principal responsable de brindar seguridad jurídica y un equilibrado marco fiscal a los empleadores. Sin embargo, además del Estado existe otro elemento insoslayable que influye en el devenir de los salarios y el mercado de trabajo: los sindicatos.

Estas instituciones fungen como voz colectiva de los trabajadores y sirven para ampliar el poder de negociación de estos ante el empleador. Esa función de intermediación en numerosos casos es la principal razón que explica las diferencias salariales entre muchas naciones desarrolladas, y aunque no existe un consenso económico sobre sus facultades o la extensión de sus atribuciones, diversos y prestigiosos estudios indican que la existencia de los sindicatos ha sido un factor positivo para el aumento de los salarios y el bienestar de los trabajadores en todas partes del mundo.

 

Ernesto Jiménez / El autor es economista y comunicador.

 

 

 

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