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Carlos Alberto Montaner
Escritor y periodista.

El populismo o el nuevo enemigo

octubre 25, 2019
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Les agradezco profundamente a Caminos de la Libertad, a su Directora Bertha Pantoja, a su Presidente Sergio Sarmiento y a Ricardo Salinas Pliego, la figura clave del Grupo, la selección de mi persona para recibir este generoso galardón. De acuerdo con las bases del premio (abro y cierro comillas): “por toda una vida consagrada a la lucha por la libertad”.

Aprovecho para darles las gracias a todos los presentes, especialmente a Silvia Mercado, Directora Ejecutiva de RELIAL, la Red Liberal Latinoamericana, Sigfried Herzog, persona a cargo de Fundación Naumann en América Latina, y a mis amigos Beatriz Bernal,  Diego Bujeda y Roberto Salinas.

Le dedico este premio a Linda, mi mujer, sin cuya ayuda e inteligentes críticas no hubiera podido dedicarme en cuerpo y alma a esos menesteres.

Aprovecharé esta oportunidad para romper una lanza a favor de lo valores de la República y la democracia frente al populismo. De eso, precisamente, se trata esta charla: de las características de esta plaga ubicua y omnipresente: el populismo, muy bien estudiado por Alejandra Salinas, experta argentina en esta importantísima cuestión.

Comencemos.

No tiene mucho sentido predicar las ventajas del marxismo-leninismo, como sucedía durante la Guerra Fría. Esa ideología se descalificó totalmente tras la debacle de la URSS y del campo socialista europeo, pero siempre existe una coartada para luchar contra la libertad económica y contra el mercado. Hoy esas coartadas se esconden tras diversas manifestaciones de eso a lo que llamamos “populismo”.

Comienzo por aclarar que todos los pueblos solicitan o toleran algún grado de “populismo”. En Estados Unidos, la generación de los “milennials’’, esos jóvenes nacidos después de los ochenta y hasta entrado el siglo XXI, se proclama vagamente “socialista” y solicita mayoritariamente  una tajada del gasto público que se pudiera considerar “populista”.

En diciembre 19 del 2016 The Economist admitía que la palabra populismo significaba muchas cosas. Servía para caracterizar algunos aspectos del señor Donald Trump, presidente de Estados Unidos. O para designar al comunista español Pablo Iglesias, líder de Podemos. O al violento presidente filipino Rodrigo Duterte, inductor de las ejecuciones de cientos de personas acusadas de narcotráfico, o incluso a Evo Morales, presidente de Bolivia y portavoz de los cocaleros de su país, lo que lo hubiera convertido en víctima de Duterte si hubiera sido filipino.

Esas aparentes contradicciones no deben sorprendernos. El populismo no es exactamente una ideología, sino un método para alcanzar el poder y mantenerse en él, pese al daño económico y social que suele hacerle a las sociedades en las que se entroniza. Un método al servicio de personas necesitadas de las lisonjas constantes de los subordinados porque se trata de egomaniacos o, como les llaman en estos tiempos a ese tipo de gobernantes: narcisistas.

El populismo le sirve a la derecha y a la izquierda, a ciertos conservadores y a los comunistas. Incluso, pueden recurrir a él formaciones democráticas dispuestas a ganar y perder elecciones, como sucede con el peronismo argentino o el PRI mexicano, u otras, como el chavismo venezolano, que lo utilizan para alcanzar el poder y, una vez encumbrados, se afianzan contra todo derecho en la poltrona presidencial y arman verdaderas dictaduras.

En todo caso, la palabra populismo servía para casi todo. El vocablo, dotado de una sorprendente elasticidad semántica, había evolucionado notablemente desde que fue acuñado en Estados Unidos en la última década del siglo XIX para designar a un sector rural del partido demócrata, adversario de los más refinados republicanos, entonces calificados de elitistas alejados de la realidad del pueblo agrícola norteamericano. En esa época, como ocurría en el resto del planeta, más de la mitad de la población norteamericana obtenía su sustento de tareas relacionadas con el campo.

Pero más que sustituir esa acepción de la palabra –-el rechazo a las élites–, se le fueron agregando otras características, sin que desapareciera el desprecio por los intelectuales, por las personas adineradas, por los núcleos cercanos al poder, y por todo aquel que se desviara del culto por el “pueblo verdadero”.

De alguna manera, ese viejo rencor hincaba sus raíces en la revolución francesa y la devoción popular por los sans-culottes, aquellos jacobinos radicales que odiaban hasta la manera de vestir de nobles y burgueses enfundados en unos ajustados bombachos de seda – los culottes – y pusieron de moda el áspero pantalón de los trabajadores.

Aunque no se llamara populismo, ésa fue la actitud de Stalin cuando recetó e impuso el “realismo socialista” –-una fórmula ajena y refractaria a cualquier vanguardia-– para proteger la esencia nacionalista del pueblo ruso, lo que lo llevó a calificar de “estúpida” la ópera Macbeth de Dmitri Shostakovich porque estaba, decía, infestada de “cosmopolitismo”.  Lo verdaderamente revolucionario y de izquierda era lo que conectara con la esencia campesina y viril del pueblo ruso.

En ese sentido, en Estados Unidos eran populistas de baja intensidad los que se burlaban de los eggheads que rodeaban al presidente John F. Kennedy. O en Camboya, mucho más letales, eran “populistas” los matarifes empleados por Pol-Pot para asesinar o reeducar a millones de estudiantes y maestros procedentes de las ciudades.

Incluso, fueron populistas los patriotas maoístas que perseguían a los sospechosos de mil desviacionismos, incluidos los que utilizaban gafas, supuestamente para subrayar su superioridad intelectual en la China de Mao durante la Revolución Cultural. (Hasta eso, utilizar lentes, llegó a ser considerado un síntoma de decadencia durante el espasmo maoísta-populista de la Revolución Cultural china).

Durante décadas fue desechada la corbata burguesa y el trato respetuoso de “usted”. Lo revolucionario eran la camisa varonil, la ropa de mezclilla de los obreros, la palabra “compañero” o “compañera” para dirigirse al otro, porque se había desterrado del lenguaje y de las apariencias todo lo que pudiera calificarse de elitista.

Lo revolucionario, lo propio del “hombre nuevo”, algo que los niños aprendían muy pronto en la escuela cubana, era a ser como el Che, una persona que proclamaba como una virtud la falta de aseo.

Es decir, la revolución prefería a los niños desaliñados, desinteresados de los signos materiales, refractario a las colonias y a los desodorantes, porque un verdadero macho no necesita de esos aditamentos feminoides. La “gente verdadera”, que eran los revolucionarios populistas, no sucumbían a esos comportamientos ultra urbanos y pequeñoburgueses de la “gente falsa”.

Tal vez uno de los mejores acercamientos al tema, uno de los intentos más certeros de definir de qué estamos hablando cuando mencionamos la palabra “populismo”, es el del profesor de Princeton Jan-Werner Müller en su breve libro What is populism, publicado en el 2016 por la University of Pennsylvania Press de Filadelfia.

En esencia, se mantiene la definición original de quienes desprecian a las élites corrompidas por la dolce vita de inspiración occidental, pero se agregan otros diez factores como:

Primero. El caudillismo. Generalmente, el populismo comienza con la admisión de un líder o caudillo al que se le atribuyen todas las virtudes y se le asigna, de hecho, ser  el gran intérprete de la voluntad popular. Alguien que trasciende a las instituciones y cuya palabra se convierte en el dogma sagrado de la patria. Mussolini, Hitler, Franco, Perón, Fidel Castro, Juan Velasco Alvarado, Hugo Chávez y Nicolás Maduro, cada uno su manera, son ejemplos de Caudillos.

Segundo. El exclusivismo. Sólo “nosotros” somos los auténticos representante del pueblo. Los “otros” son los enemigos del pueblo. Los “otros”, por lo tanto, son unos seres marginales que no son sujetos de derecho y merecen nuestro mayor desprecio. Chávez calificó de “majunches” a sus adversarios, un venezolanismo que quiere decir “tonto o inútil”. También les llamó “escuálidos”, es decir, personas intrínsecamente poco saludables.

Tercero.El adanismo. La historia comienza con ellos. De ahí el nombre adanismo, por Adán, el primer hombre. El pasado es una su cesión de fracasos, desencuentros y puras traiciones. La historia de la patria se inicia con el movimiento populista que ha llegado al poder para reivindicar a los pobres y desposeídos tras siglos de gobiernos entreguistas, unas veces vendidos a la burguesía local y otras a los imperialistas extranjeros.

Cuarto. El nacionalismo. El nacionalismo es una creencia generalmente vinculada a la supuesta identidad nacional. Suele ser excluyente y derivar en racismo u otras formas de exclusión social. En el terreno económico conduce al proteccionismo o a dos reacciones aparentemente contrarias. El aislacionismo para no mezclarnos con los impuros, o el intervencionismo para esparcir nuestro sistema superior de organizarnos. En nuestros días, ese nacionalismo se transforma en “antiglobalismo”. Lo patriótico es oponerse a lo foráneo.

Quinto. El estatismo. Los populistas, casi siempre son estatistas. Creen que la acción planificada por el estado colmará las necesidades del “pueblo amado”. Tienden a no creer en el crecimiento espontáneo y libre de la sociedad, especialmente de los empresarios. La apropiación de PDVSA por parte del gobierno de Chávez es una buena muestra. También aquellos espectáculos delirantes en los que Hugo Chávez, seguido de las cámaras de televisión, daba la orden de expropiar casas, fincas o empresas ante la risa de los presentes. Bastaba con que dijese la palabra clave: “exprópiese”. Los gobernantes populistas esperan la total sumisión de los creadores de riqueza. Intentan convertirlos, y muchas veces lo logran, en buscadores de rentas.

Sexto. El clientelismo.  Los gobernantes populistas no tienen partidarios, sino clientes que les deben cosas. Les encantan los “cazadores de subsidios”. Entienden que la política es para generar millones de estómagos agradecidos que les deben todo al gobernante que les da de comer y acaban por constituir su base de apoyo. En Argentina veinte millones de personas viven de los impuestos que sólo pagan ocho millones. En Venezuela utilizan las cajas de alimentos CLAP para fidelizar a la fuerza a la población. CLAP son las siglas del “Comité Local de Abastecimiento y Producción”. En Cuba han declarado paladinamente que la universidad es un privilegio de los revolucionarios. Los que no lo sean, o no simulen serlo, no pueden acceder a ella, especialmente en ciertas especialidades que son un coto cerrado para los partidarios.

Séptimo. La centralización de todos los poderes. El caudillo controla el sistema judicial y el legislativo, o trata de hacerlo. La separación de poderes y el llamado check and balances son ignorados. En Venezuela cuando “los enemigos del pueblo” ganan unas elecciones, los gobernantes populistas crean un organismo paralelo y le traspasan los presupuestos y funciones. Ocurrió antes en ciertas gobernaciones o ayuntamientos locales, pero se hizo patente cuando la oposición democrática quedó con el control de la Asamblea Nacional o Parlamento. Maduro, ni tardo ni perezoso, creó la “Asamblea Nacional Constituyente” y le asignó todos los poderes. Para los populistas las formas democráticas son un incordio para satisfacer a los organismos internacionales. Por eso constantemente violan las formas democráticas. No creen en ellas.

Octavo. Los funcionarios no están al servicio de la sociedad, sino de los populistas. Controlan y manipulan a los agentes económicos, comenzando por el banco nacional o de emisión, que se vuelve una máquina de imprimir billetes al dictado de la presidencia.

Noveno. El doble lenguaje. La semántica se transforma en un campo de batalla y las palabras adquieren una significación diferente. “Libertad” se convierte en obediencia, “lealtad” en sumisión. Patria, nación y caudillo se confunden en el mismo vocablo y se denomina “traición” cualquier discrepancia.

Décimo. La desaparición de cualquier vestigio de cordialidad cívica. Se utiliza un lenguaje de odio que preludia la agresión. El enemigo es siempre un gusano, un vende-patria, una persona entregada a los peores intereses. Ese es el antecedente de la destrucción del otro. Antes de aplastarlo hay que eliminarle cualquier vestigio de humanidad.

¿Hay algún antídoto eficaz contra el populismo? Por supuesto. En el orden político, las instituciones de la República. En el terreno económico,  el Mercado puro y duro

Douglass North, el Premio Nobel de Economía, ha clasificado a las sociedades en dos tipos: las de “acceso abierto” y las de “acceso limitado”.

Las de “acceso abierto” son las que responden al pie de la letra a las características que exige la institucionalidad republicana: que todas las personas sean iguales ante la ley. En esas “sociedades de acceso abierto” el conjunto de las personas rechazan cualquier clase de privilegio, incluso en el vestido. Benjamín Franklin llegó a poner de moda en Europa la vestimenta del hombre común. Es en la libre competencia en la que las personas se adecúan al ideal republicano de que todos somos iguales ante le ley. No hay nada deshonroso o erróneo en la desaparición total o relativa de las empresas que no entienden las consecuencias de los procesos de “destrucción creativa”, como explicó el economista austriaco Joseph Schumpeter. Quien no innova, no se adapta y perece.  Las “sociedades de acceso limitado”, las tres cuartas partes de las que existen en el mundo, están integradas por cazadores de rentas o personas que buscan en los subsidios el éxito personal.

¿Cómo se les pone coto? No es, ciertamente, mediante gobiernos de mano dura dirigidos por caudillos iluminados, sino creando candados constitucionales. Creando limitaciones legales luego refrendadas por las mayorías, que impidan y castiguen el favoritismo, el amiguismo y cualquier forma de compadreo que oculte un privilegio o fomente la desigualdad ante la ley y, por lo tanto, facilite la corrupción.

Ése es el único camino para acabar con el populismo. No hay otro.

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