Circuncidar el corazón
Uno puede fregar una taza por fuera hasta dejarla brillando y seguir sirviendo el café de hoy sobre la borra de ayer. Nadie lo nota en la mesa. Lo nota quien se lo bebe.
Así de sencilla, y así de seria, es la advertencia que dejaron las lecturas de ayer (Gálatas 5,1-6; Lucas 11,37-41). Dos escenas distintas y una misma pregunta: ¿de qué sirve lucir como alguien de Dios si por dentro no se ha aprendido a amar?
La primera escena es una carta escrita con dolor. Pablo había llegado a Galacia con el Evangelio y había gastado tiempo, salud y paciencia en aquellas comunidades. Ahora otros predicadores pasaban detrás de él diciendo que faltaba algo: que para pertenecer de verdad al pueblo de Dios había que circuncidarse.
Lo que Pablo siente se parece a lo que siente un padre o una madre que crió a sus hijos con amor y principios, y un día los ve dejarse llevar por ideas que los alejan de todo lo que aprendieron en casa. Más que enojo, es la pena de ver perderse lo sembrado.
Para los judíos, la circuncisión era la señal física de la alianza con Dios. Pablo no quería que los nuevos creyentes buscaran en una marca del cuerpo la seguridad de pertenecer al Señor. Para él, lo que contaba era una fe que actuara por el amor. Por eso le dolía verlos regresar a la lista de requisitos y soltar la libertad que se les había anunciado: la libertad de amar.
La segunda escena ocurre en una mesa. Un fariseo invita a Jesús a comer y se extraña de que no se lave antes, como mandaba la costumbre. Jesús no se detiene en el rito. Le señala el fondo:
"Vosotros, los fariseos, limpiáis por fuera la copa y el plato, pero por dentro rebosáis de rapiña y maldad" (Lucas 11,39).
Uno quisiera creer que eso iba con los fariseos de hace dos mil años. No va con ellos solamente. Va con el que canta en el coro el domingo y lleva años sin dirigirle la palabra a su hermano. Con la que comparte versículos en el estado de WhatsApp y humilla a la cajera del supermercado porque se tardó. Con quien da el diezmo puntual y no ha perdonado una ofensa de hace veinte años.
Por fuera, todo en orden. Por dentro, rencor guardado, orgullo bien peinado y una dureza que se disimula con buenos modales.
Y lo que se guarda adentro no se queda adentro. Tarde o temprano sale en el tono con que hablamos, en la paciencia que no tenemos, en la mano que no damos. Se puede parecer un cristiano perfecto; las obras terminan diciendo lo que las palabras y las apariencias callan.
Por eso la pregunta de fondo no es si vamos a la iglesia, si cumplimos o si sabemos los salmos de memoria. La pregunta es otra, y duele más: ¿qué hay que cortar del corazón?
Ahí está la circuncisión que Dios pide. La soberbia que no deja pedir perdón. La arrogancia que siempre necesita tener la razón. El pecado que se volvió costumbre y aquello que nos tiene atados sin que lo admitamos. Todo eso va menguando el amor hasta que servir a otros se vuelve carga y no alegría. Cortarlo duele, porque nos apegamos a lo que nos daña. Pero es el único corte que libera.
La marca de pertenecer al Señor no se ve en la piel, ni en la asistencia, ni en lo bien que lucimos el domingo. Se ve el lunes, en la manera de tratar a los demás.
¿Cuánto tiempo más vamos a seguir puliendo la taza por fuera?
¿Y quién se está bebiendo lo que guardamos en el fondo?
El brillo engaña a las visitas. A Dios, nunca.
Jenny Henríquez | Opinión











