El cerebro: ese experto en arruinarnos un buen día

Por Jenny Henríquez
Publicado el 5 ago 2026

Hay personas capaces de recibir diez elogios y acostarse pensando en la única crítica que escucharon. Si usted es una de ellas, tranquilo: no está solo. Su cerebro trabaja horas extras para conseguirlo.
Le fue bien en el trabajo, su familia está sana, pagó las cuentas del mes, alguien le dijo que se veía bien… pero basta que una persona le responda con un seco "OK" para que su mente abra una investigación digna de un organismo internacional. De repente, ese "OK" significa que está molesta, que usted hizo algo mal, que la relación se enfrió y, si el insomnio ayuda, hasta que se aproxima el fin del mundo.
Así funciona el cerebro.


La neurociencia lo llama sesgo de negatividad: una tendencia natural a conceder más importancia a lo malo que a lo bueno. No porque seamos pesimistas por elección, sino porque nuestro cerebro fue diseñado para sobrevivir, no para ser feliz. Hace miles de años era más útil detectar un peligro que admirar un atardecer. El problema es que hoy seguimos reaccionando con el mismo sistema de alarma, solo que el león fue reemplazado por un mensaje sin responder, un comentario en redes sociales o la opinión de alguien que ni siquiera paga nuestras cuentas.


Lo curioso es que vivimos diciendo que queremos paz, pero alimentamos con disciplina todo aquello que nos la roba. Coleccionamos agravios con una memoria prodigiosa y olvidamos los gestos de bondad con una rapidez admirable. Para recordar un favor necesitamos hacer esfuerzo; para recordar una ofensa basta con cerrar los ojos.

¿Por qué vivimos agotados?


Y luego nos preguntamos por qué vivimos agotados.


Las redes sociales tampoco ayudan. Una historia de solidaridad pasa casi inadvertida; un escándalo nos detiene el dedo. Un acto de honestidad apenas recibe atención; un chisme nos convierte, de repente, en analistas políticos, psicólogos y jueces de la conducta ajena. Parece que la indignación produce más adrenalina que la esperanza.


Pero no todo está perdido.


La misma neurociencia que explica este sesgo también habla de la neuroplasticidad: el cerebro puede aprender nuevos caminos. Podemos entrenarlo para reconocer lo bueno sin dejar de ver la realidad. Porque una cosa es ser conscientes de los problemas, y otra muy distinta convertirlos en el domicilio permanente de nuestros pensamientos.


La Biblia lo expresó siglos antes de que existieran las resonancias magnéticas:
"Todo lo verdadero, todo lo honorable, todo lo justo, todo lo puro, todo lo amable… en esto pensad" (Filipenses 4:8).


No es una invitación a vivir de espaldas al dolor, sino a impedir que el dolor ocupe todo el paisaje.
Quizá el mayor enemigo de nuestra tranquilidad no sea la cantidad de problemas que tenemos, sino la facilidad con la que permitimos que uno solo eclipse las decenas de razones que aún existen para agradecer.


Porque, al final, el cerebro siempre encontrará un motivo para preocuparse. La verdadera sabiduría consiste en decidir si vamos a obedecer cada una de sus alarmas o si, de vez en cuando, tendremos el valor de apagar la sirena y mirar la vida completa.

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