Farmear aura: la nueva competencia por parecer
Dos adolescentes se miran, posan, bailan, retroceden. La multitud grita como si acabara de presenciar algo memorable. Yo seguía esperando que comenzara la competencia. Resulta que esa era la competencia.
Nunca pensé que llegaría el día en que una generación consiguiera superar en ridiculez a la anterior. Y conste que la competencia no era fácil.
Cada generación ha tenido su momento de insensatez colectiva, esa etapa en la que ciertas cosas parecían perfectamente normales mientras se hacían y absolutamente inexplicables veinte años después. Hemos sobrevivido a modas imposibles, bailes que desafiaban toda coordinación, peinados que hoy constituyen evidencia en nuestra contra, expresiones que nuestros padres jamás entendieron y tendencias que defendimos con una convicción que ahora preferimos no recordar.
Así que no escribo esto desde la superioridad generacional. Sería hipócrita. Todos hemos hecho nuestra contribución al amplio archivo histórico del ridículo.
Pero debo admitir que pensé que ya habíamos dejado el listón bastante alto.
Me equivoqué.
Las nuevas generaciones, con esa extraordinaria capacidad humana de demostrar que siempre se puede ir un poco más lejos, han encontrado una manera de convertir algo tan intangible como el carisma en una especie de competencia pública.
Lo llaman “farmear aura”.
Y cuando vi por primera vez una de las llamadas “batallas de aura”, tuve que verla nuevamente. No porque fuera extraordinaria, sino porque estaba convencida de que me faltaba alguna parte para entender qué estaba ocurriendo.
Dos jóvenes frente a frente. Una multitud alrededor. Uno avanza, mira, posa, mueve las manos, baila, retrocede. El otro responde con otra secuencia igualmente solemne. El público grita como si acabara de presenciar algo memorable.
Yo seguía esperando que comenzara la competencia.
Resulta que esa era la competencia.
Y fue exactamente en ese momento cuando entendí que necesitaba averiguar qué demonios significa “farmear aura” y por qué hay jóvenes reuniéndose para enfrentar algo que, hasta hace muy poco, ni siquiera sabíamos que podía competir.
Para entender por qué esta expresión resulta tan reveladora, conviene detenerse un momento en sus dos palabras. “Farmear” viene del lenguaje de los videojuegos: repetir tareas para acumular puntos, recursos o experiencia. “Aura”, en la cultura digital, ya no remite necesariamente a lo espiritual, sino al carisma, a ese magnetismo que hace que alguien parezca interesante, seguro o digno de admiración. Juntas, ambas palabras construyen una idea curiosa: farmear aura es repetir gestos, poses o actuaciones que proyecten carisma para acumular, simbólicamente, puntos de aprobación.
Esos puntos no existen, por supuesto, pero las redes han creado su propio marcador invisible. Y funciona con una lógica que la psicología social describió hace décadas: la comparación constante con los demás como termómetro del propio valor. Una entrada espectacular, un gesto seguro, una respuesta ingeniosa: más aura. Un tropiezo, una pose demasiado evidente, un intento fallido de impresionar: aura negativa.
Hoy existen incluso “batallas de aura”, donde el público decide quién proyecta mayor presencia. Podría parecer solo otra extravagancia generacional, y en parte lo es. El problema empieza cuando dejamos de mirar el baile y observamos qué representa el marcador.
Cada “me gusta”, cada vista inesperada y cada comentario activa un circuito de recompensa que no distingue entre un logro real y un aplauso digital. Opera con la variabilidad propia del refuerzo intermitente: nunca se sabe cuándo llegará la siguiente ráfaga de aprobación, así que se sigue posando, repitiendo el gesto que una vez funcionó.
Y esto ocurre justo en la etapa en la que la identidad todavía se está construyendo. Antes uno se equivocaba delante de sus amigos; ahora puede hacerlo delante de un algoritmo que guarda registro, amplifica la escena y la pone a disposición de desconocidos.
Tal vez el “aura farming” sea nuevo, pero la necesidad de aprobación no lo es. Lo novedoso es que ahora se mide en vistas, seguidores, comentarios y viralidad. Por eso la pregunta deja de ser solamente para los adolescentes.
¿Cuánto de nuestra vida estamos construyendo para que otros la miren?
Vivimos una época en la que parecer interesante puede resultar más rentable que ser interesante. Quizás por eso valga la pena apropiarnos de la expresión y darle la vuelta. ¿Y si comenzáramos a farmear otro tipo de aura, una que no dependiera de espectadores?
Farmear conocimientos. Farmear vocabulario. Farmear disciplina. Farmear la capacidad de argumentar una idea y de escuchar a quien piensa diferente. Farmear una profesión, responsabilidad, dominio propio y horas de estudio cuando nadie está mirando.
Porque también existe una forma silenciosa de acumular valor. A diferencia de la validación digital, que se desvanece en cuanto cambia la tendencia, esa construcción deja una base que ya no depende de la mirada ajena: lo que la psicología distingue como autoestima frente a la autoimagen prestada, esa que se sostiene solamente mientras alguien está mirando.
Quizá esa sea una conversación que padres y educadores debamos tener con nuestros jóvenes, sin burlarnos de su lenguaje. Antes de ridiculizar aquello que no comprendemos, podríamos usarlo como puente.
“Está bien, quieres farmear aura. ¿Qué clase de aura quieres tener dentro de diez años?”
Hay una diferencia enorme entre llamar la atención y convertirse en alguien digno de atención. Lo primero puede conseguirse en treinta segundos. Lo segundo puede tomar años.
Las redes sociales han acostumbrado a una generación —y, en realidad, a buena parte de la sociedad— a recibir recompensas inmediatas: publicas, reaccionan; bailas, comentan; haces algo llamativo, aumentan las reproducciones. Pero la vida real funciona de otra manera.
La preparación no siempre recibe aplausos. La disciplina suele ser aburrida. Leer exige concentración. Aprender a escribir bien requiere práctica. Estudiar mientras otros se divierten no genera necesariamente corazones flotando en una pantalla.
Sin embargo, esos son precisamente los puntos que algún día cuentan.
El muchacho que hoy dedica una hora diaria a leer probablemente no verá mañana a cinco mil personas celebrándolo. La joven que aprende inglés, programación, música, matemáticas o cualquier oficio quizás tampoco se vuelva tendencia.
Pero ambos están acumulando algo que ningún algoritmo puede garantizarles: capacidad.
Y la capacidad permanece cuando la tendencia desaparece.
Quizás ese sea el verdadero desafío de nuestra época: enseñar a nuestros jóvenes a construir una identidad cuyo valor no dependa permanentemente de la reacción ajena.
No se trata de demonizar TikTok, prohibir los bailes ni convertir cada expresión juvenil en una tragedia sociológica. Se trata de acompañar, preguntar y ayudarles a comprender que divertirse está bien, pertenecer es humano y querer ser admirado tampoco es un pecado generacional.
Pero la vida no puede convertirse en una competencia permanente por parecer.
Porque llegará un momento en que no habrá público.
Habrá decisiones.
Responsabilidades.
Trabajo.
Fracasos.
Oportunidades.
Y entonces no importará cuántos puntos de aura imaginarios conseguimos frente a una cámara, sino cuánto fuimos capaces de construir cuando nadie estaba mirando.
Tal vez debamos comenzar a cambiar el marcador.
Menos puntos por impresionar. Más puntos por aprender.
Menos puntos por parecer. Más puntos por ser.
Menos esfuerzo para conseguir la aprobación momentánea de desconocidos y más esfuerzo para convertirnos en personas de las que nosotros mismos podamos sentirnos orgullosos.
Al final, la pregunta no es si nuestros jóvenes están “farmeando aura”.
La pregunta verdaderamente importante es otra:
¿Qué están acumulando hoy que les servirá cuando nadie esté mirando?











