


En las últimas 72 horas de las elecciones presidenciales de Colombia, el país pasó de una campaña extremadamente polarizada a un escenario de incertidumbre postelectoral.
Surgieron denuncias sobre presiones de grupos armados en algunas regiones, lo que elevó la tensión en la recta final de la campaña.
La elección terminó siendo una de las más cerradas de la historia reciente del país. El preconteo favoreció a Abelardo de la Espriella con alrededor del 49,7 % de los votos frente al 48,7 % obtenido por Iván Cepeda.
El escrutinio oficial confirmó los resultados iniciales, con una coincidencia superior al 99,9 % entre ambos conteos y una ventaja cercana a los 250.000 votos para De la Espriella.
Pero, ¿cómo podemos explicar su éxito? En el avance de una nueva derecha latinoamericana que combina discursos de seguridad, retórica antisistema, liderazgo personalista y una fuerte presencia en redes sociales.
En este tipo de narrativa, el conflicto político deja de presentarse como una disputa entre proyectos legítimos y se transforma en una supuesta lucha entre el pueblo y quienes lo traicionan.
Aunque el candidato mantiene vínculos con sectores tradicionales del poder, su discurso lo presenta como un outsider perseguido por las élites y dispuesto a tener “mano de hierro” contra los enemigos de la patria.
La disputa no solo dejó un país dividido casi en partes iguales, sino que confirmó la consolidación de una forma de hacer política basada en la polarización, la personalización del liderazgo y la construcción de antagonismos absolutos, fomentadas por las élites.
que controlan los más importantes medios de comunicación.









