Pisa: lo que no leemos nos cuesta todo lo demás
Imagine un salón de cuarenta estudiantes dominicanos de quince años. Ahora imagine que a treinta y seis de ellos les entrega un problema simple, un texto cotidiano, y no pueden resolverlo. No es una proyección ni un escenario pesimista: es lo que PISA 2025 acaba de confirmar.
República Dominicana lleva diez años y cuatro mediciones participando en esta evaluación. Y lo que esa década revela no son tres historias paralelas —una por asignatura— sino una sola historia con tres capítulos desiguales, y el capítulo que explica a los otros dos es la lectura.
Lectura es, de las tres áreas, la que presenta el recorrido más inquietante: de 358 puntos en 2015 bajamos a 342 en 2018, subimos a 351 en 2022 y llegamos a 346 en 2025. La diferencia entre las dos últimas mediciones no es estadísticamente significativa, por lo que no corresponde hablar de un nuevo retroceso. Pero la mirada de largo plazo deja un dato que no se puede maquillar: diez años después, no hemos recuperado el punto de partida.
Y esto importa mucho más allá de la asignatura, porque la lectura no compite con las demás competencias: las sostiene. Un estudiante que no logra extraer el sentido de un párrafo no solo tiene un problema de Lengua Española: tiene un problema para resolver un planteamiento de Matemática, para seguir una instrucción de laboratorio en Ciencias, para entender lo que se le pide en cualquier examen, sin importar la asignatura.
En PISA 2025, apenas el 23 % de los estudiantes dominicanos evaluados alcanzó al menos el nivel 2 en Lectura —la referencia de competencias básicas que exige comprender información, interpretar situaciones y aplicar lo aprendido—. El 77 % restante no llegó a ese umbral.
Quien ha estado frente a un aula lo reconoce de inmediato. No es que el estudiante no sepa sumar o restar: es que no entiende qué le está preguntando el problema. No es que no tenga capacidad de razonar: es que la información nunca terminó de convertirse en significado.
Esa base explica, en buena parte, lo que ocurre en Matemática. Comenzamos con 328 puntos en 2015, descendimos a 325 en 2018 y alcanzamos 339 en 2022, puntuación que se mantuvo sin cambios en 2025. Once puntos por encima de donde empezamos representan, en teoría, un avance. Pero el 91 % de los estudiantes evaluados permaneció por debajo del nivel 2 —la proporción más alta de las tres áreas— y ese estancamiento desde 2022 tiene una explicación que rara vez se dice en voz alta: no se puede razonar matemáticamente sobre un enunciado que no se comprende.
Ciencias, en cambio, ofrece el contraste más interesante de la década. Pasó de 332 puntos en 2015 a 336 en 2018, 360 en 2022 y 361 en 2025: el aumento más consistente de las tres áreas, y la única en la que disminuyó la proporción de estudiantes con bajo desempeño (el 74 % no alcanzó el nivel 2, frente al 91 % en Matemática y el 77 % en Lectura). ¿Por qué Ciencias logra avanzar mientras Lectura y Matemática se estancan? No hay una sola respuesta, pero la pregunta vale la pena. Lo que sí queda claro es que ese avance no resuelve el problema de fondo: si siete de cada diez estudiantes no comprenden bien lo que leen, ese déficit tarde o temprano alcanza también a Ciencias.
Después de cuatro mediciones, el balance dominicano no admite una conclusión única. Hay avances reales, sobre todo en Ciencias, pero mientras la base lectora no se fortalezca, esos avances tendrán techo. El próximo salto verdaderamente significativo no vendrá de sumar unos puntos más en la escala de PISA, sino de enseñarles a nuestros estudiantes, de verdad, a leer lo que tienen frente a los ojos.
Porque el progreso educativo no se mide únicamente por cuánto sube una puntuación, sino por cuántos de esos treinta y seis estudiantes, algún día, logran entender lo que leen —y desde ahí, entenderlo todo.
Jenny Henríquez | Opinión











