

Como lo hicimos durante el Clásico Mundial de Béisbol, sería fantástico que los dominicanos nos uniéramos para superar juntos nuestros ancestrales problemas, como el de la arrabalización institucional, la educación, el tránsito o la impunidad.
La gran enseñanza del Clásico fue demostrarnos que se puede. Que es posible que el país se una en torno a sus grandes metas, como lo hizo en el béisbol.
El evento fue una fiesta de la dominicanidad, porque sirvió para expresarnos como somos, y demostrar lo que somos, no solo como beisbolistas, sino también como un pueblo que de sus penas hace un rayo de luz… y se alumbra.
El Clásico nos permitió mostrar al mundo nuestra vocación para la alegría, aunque, como dice nuestra voz más alta en la narración de MLB, Ernesto Jerez, “en estos partidos el sufrimiento viene incluido”; y ¡cómo sufrimos! por ese tiro perfecto de Aaron Judge, como si fuera Vladimir (padre) o Cesarín Jerónimo, y especialmente por ese árbitro cegatón que, con su error, le partió el corazón deportivo a Juan Soto, a Vladimir (hijo), y al país entero.
En el Clásico, como en aquellos partidos de voleibol de “Las Reinas del Caribe”, el deporte mostró sus mejores credenciales como elemento didáctico y unificador que da sentido de pertenencia, destaca lo comunitario y, de paso, masajea la autoestima nacional tan golpeada en estos últimos meses.
Perdón por la nostalgia, pero a mí, el Clásico me remitió al poema/canción “Fiesta” de J.M. Serrat. Durante once días, “el noble y el villano, el prohombre y el gusano”, buenos malos, ricos pobres, vecinos bullosos, guachimanes atentos, millonarios alocados, oficialistas bulteros y opositores “bultosos”, todos disfrutaron de la fiesta de igual a igual y en cualquier lugar: en la octava planta del Marriott, o en la planta única de “El Bomba”, de aquel lado; en la villa de Romana, o en la casa de la Zurza, en el pent-house de Piantini, o en la pieza de La Yuca.
Lamentablemente, el out 27 “nos dijo que llegó el final, y con la resaca a cuestas” cada quien volvió a su realidad.
El Clásico debe servir de inspiración, para que los dominicanos, cual Junior Caminero, conectemos el jonrón de la unidad nacional, ahora que por culpa de un Mr. terrorista, convicto, racista y anaranjado, el mundo anda patas arriba, y en el estrecho de Ormuz “comienza la segunda del noveno”.









