El precio de la paciencia
Hay una moneda con la que el dominicano paga más que con pesos. No figura en ninguna factura ni la registra el Banco Central, pero se gasta todos los días y en todas partes: la paciencia.
Nos la elogian como una virtud nacional. Somos pacientes en la fila del banco, en la parada de la guagua, en la sala de espera, frente a la ventanilla que abre tarde y cierra temprano. Hemos hecho de la espera un oficio, y casi un orgullo. Pero toda virtud tiene un límite moral: el punto en que deja de ser fortaleza para convertirse en tolerancia del abuso.
La paciencia de un pueblo no es un recurso inagotable, y quien la administra como si lo fuera termina confundiendo la calma con el consentimiento.
Se paga paciencia a oscuras. Según la Superintendencia de Electricidad, entre enero y abril de este año las interrupciones promedio por cliente crecieron mes tras mes; en Edenorte pasaron de casi catorce a casi veinte al mes. En febrero el país volvió a apagarse por completo, apenas tres meses después del apagón anterior. Y la paciencia se duplica cuando llega la factura: Protecom recibió 90,591 quejas en 2025, frente a 36,262 en 2018, y en el primer semestre de 2026 la alta facturación concentró el 85.6 % de todos los reclamos. Las distribuidoras aseguran que la tarifa no ha subido. El ciudadano que pasó media noche abanicándose con un cartón no logra reconciliar ambas cosas.
Peor suerte corre quien se cansó de esperar. Al que colocó paneles solares en su techo para no depender de nadie, una resolución de la SIE le fija ahora un cargo por uso de la red equivalente al 25 % del cargo por energía por cada kilovatio que entrega al sistema, y Edesur anunció que lo cobrará desde noviembre. Las autoridades alegan que no es un doble cobro, sino el pago de una red que el usuario también utiliza. Puede que existan razones técnicas. Pero para quien invirtió sus ahorros en no depender de un servicio que le falla, la lectura es otra: se le cobra por haber resuelto lo que el Estado no pudo garantizarle.
En un país donde lo único que nunca ha faltado es el sol, ahora también a él le han puesto precio.
Se paga paciencia cada viernes, ese día que en otras latitudes anuncia el descanso y aquí anuncia los nuevos precios de los combustibles. El pasado 9 de octubre, la gasolina premium subió cinco pesos y el gasoil óptimo doce; el galón de premium quedó en RD$358.10. Es justo reconocer que el Gobierno ha destinado alrededor de RD$38,200 millones en subsidios en lo que va de año. Pero el alivio se diluye en una economía que transporta en guagua, en camión y en motor todo lo que llega a la mesa.
Y lo que llega a la mesa cuesta cada vez más. Un estudio del Observatorio Político Dominicano, de Funglode, estima que la canasta básica de las familias de menores ingresos ronda los RD$29,756, tras un aumento de 48.4 % entre agosto de 2019 y agosto de 2026. Con el salario mínimo, y después de los descuentos, un trabajador de gran empresa cubre cerca del 95 % de esa canasta; uno de micro o pequeña empresa, entre el 53 % y el 58 %. El mínimo del sector público, congelado en RD$10,000 desde 2019, no alcanza ni para un tercio. Ahí la paciencia ya no es virtud: es el nombre elegante de la escasez.
Los maestros conocen bien esa moneda. Tras la Evaluación del Desempeño Docente, el retroactivo llegó solo a una parte del magisterio; la otra todavía reclama lo que le corresponde. Y el aumento salarial que esperaban ver reflejado en octubre no llegó. Desde el 24 de agosto, sin embargo, los docentes están en las aulas, cumpliendo con su parte. Cumplieron primero, como siempre. Y esperan, como siempre.
No es casual que a quien acude a un hospital lo llamemos paciente. En recorridos por el Salvador B. Gautier, el Darío Contreras y el Moscoso Puello, la prensa encontró familias que llevan su propio abanico y sus propias sábanas, que compran fuera los insumos de un procedimiento, ventanas remendadas con fundas plásticas. El 13 de octubre, el Colegio Médico paralizó las consultas por veinticuatro horas, entre otras razones porque hay médicos que llevan años esperando un incentivo por antigüedad que ya se ganaron. Cientos de enfermos viajaron desde sus comunidades y regresaron sin consulta. En esos pasillos, la paciencia deja de ser una palabra y se convierte en un diagnóstico.
También se paga paciencia con miedo. La ministra de Interior y Policía afirma que la tasa de homicidios ronda los 7.41 por cada cien mil habitantes. Dicho de otro modo: en una ciudad de cien mil personas, unas siete perderían la vida a manos de otra. En 2011 eran veintiuna, casi el triple. Es un avance que merece reconocimiento. Ella misma admite, sin embargo, que la estadística y la percepción miden cosas distintas. En una encuesta de Markestrategia de principios de octubre, la delincuencia volvió a encabezar los problemas del país. La gente no habita los promedios. Habita la parada oscura, el regreso a casa con el teléfono escondido, la puerta que se cierra con tres candados.
Nada de lo anterior es una impresión ni una opinión. Lo dicen las cifras de la Superintendencia de Electricidad, de Protecom y del Ministerio de Industria y Comercio, los estudios independientes, las encuestas y los recorridos de la prensa nacional. Las estadísticas están ahí, al alcance de cualquiera que se atreva a mirarlas.
Otros pueblos ya conocieron el día en que la paciencia se agotó, y uno de ellos lo vive en este mismo momento. Hace poco más de un mes, en los suburbios del norte de París, estudiantes de secundaria salieron a reclamar más maestros y mejores escuelas. La protesta creció hasta reunir a profesores, padres, trabajadores, agricultores y jubilados, cansados del costo de la vida y del precio de los combustibles; muchos se reconocen herederos de los chalecos amarillos que en 2018 obligaron al Gobierno a suspender un alza en los carburantes. El 17 de octubre, cientos de miles de personas marcharon en toda Francia. La mayoría lo hizo en paz, pero hubo saqueos, edificios en llamas y unas 2,400 detenciones. Escuelas, salarios, combustibles: los reclamos suenan demasiado familiares. En Nepal, en septiembre de 2025, la prohibición de las redes sociales fue apenas la chispa sobre años de corrupción, desempleo y desigualdad. En cuestión de horas cayó el Gobierno, ardió el Parlamento y murieron setenta y dos personas.
Ninguno de esos episodios es un modelo a seguir. El caos no repara la injusticia: la multiplica, y casi siempre la terminan pagando los mismos que ya venían pagando. Pero ambos encierran una advertencia que ningún gobierno debería ignorar: la paciencia de un pueblo no se agota de golpe, se agota en silencio, y cuando por fin se nota, ya es tarde para escuchar. La lección no es para la calle. Es para los despachos.
La paciencia es una virtud mientras espera algo. Cuando ya no espera nada, se llama resignación. Y un país que convierte la resignación de su gente en política de Estado no está gobernando: está cobrando intereses sobre la esperanza ajena.
¿Cuánto más puede cobrarse a la paciencia de un pueblo antes de que se convierta en cansancio?
¿Y qué ocurrirá el día en que deje de esperar?
Un pueblo paciente no es un pueblo dormido. Es un pueblo que todavía confía. Y no hay deuda más peligrosa que la que se contrae con su esperanza.
Jenny Henríquez | Opinión










