Cuando la tierra tiembla
Hay momentos en los que la vida nos recuerda, sin pedir permiso, que nada es tan firme como creemos.
Basta un movimiento inesperado, unos segundos, para que una casa deje de ser refugio, una calle deje de ser conocida y una vida entera quede suspendida entre el miedo, los escombros y la incertidumbre.
Un terremoto no solo sacude la tierra. También pone en cuestión nuestras certezas.
No hace falta mirar lejos para comprobarlo. Venezuela lo vivió el pasado 24 de junio, cuando dos sismos de magnitud 7,2 y 7,5 sacudieron su costa norte con apenas segundos de diferencia, dejando miles de vidas perdidas y ciudades enteras reducidas a escombros. Colombia lo vivió semanas después, el 10 de agosto, cuando un terremoto de magnitud 7,4 golpeó su occidente y derribó, entre tantas cosas, la torre de una catedral en Manizales.
Dos países hermanos. Dos heridas recientes. Dos recordatorios de que la tierra no avisa a quién elige.
Dios nos libre. Pero no estamos exentos.
Las imágenes de una ciudad devastada tienen algo particularmente brutal: nos muestran, en cuestión de segundos, lo que puede desaparecer cuando creemos que todo seguirá estando allí mañana.
Una vivienda construida durante años puede convertirse en ruinas. Una calle conocida puede quedar cubierta de escombros. Los objetos que costaron sacrificios, los documentos guardados con celo, las fotografías familiares, los muebles, los proyectos, todas esas pequeñas pruebas de una vida construida, pueden quedar sepultados en un instante.
Pero lo verdaderamente devastador no son los edificios.
Son las personas.
Los nombres que dejan de responder. Las familias que esperan noticias. Los padres buscando hijos. Los hijos buscando padres. Las manos que remueven escombros con la desesperación de quien no busca una pertenencia, sino a alguien que ama.
Y mientras observamos esas imágenes desde la distancia, solemos decir: qué terrible.
Nos conmueve. Nos estremece. Nos duele.
Y después seguimos.
Seguimos con el café, con el trabajo, con el teléfono, con nuestras preocupaciones, con nuestras discusiones, con nuestros rencores, con nuestras vidas.
Ahí comienza la parte que quizás nadie quiere escuchar.
¿Cuánto dura nuestra conmoción?
¿Cuánto tardamos en volver a preocuparnos por asuntos que, frente a una tragedia, parecen ridículamente pequeños? ¿Cuánto tardamos en hablar mal de alguien que ni siquiera está presente, en recordar aquel disgusto de hace cinco años, en convencernos otra vez de que tenemos razón?
¿Y cuánto tardamos en olvidar que nosotros también estamos aquí solo por un tiempo?
Porque eso es lo que una tragedia debería sacudir en nosotros.
No solamente la compasión.
La conciencia.
La tierra tiembla en algún lugar del mundo y, sin embargo, seguimos viviendo como si nuestra propia existencia estuviera construida sobre un suelo indestructible.
Hacemos planes para dentro de diez años. Guardamos cosas para una ocasión especial. Aplazamos visitas. Posponemos llamadas. Dejamos conversaciones pendientes. Esperamos el momento adecuado para decir “te quiero”.
Somos capaces de pasar meses, incluso años, sin abrazar a alguien que amamos porque una diferencia, un orgullo o una herida levantó entre nosotros un muro que nadie se atreve a derribar.
¿No es extraño?
Nos comportamos como si tuviéramos todo el tiempo del mundo.
Pero no lo tenemos.
El tiempo es quizá la única riqueza que gastamos sin saber cuánto nos queda. Y, aun así, somos mezquinos con el amor: dosificamos los abrazos, racionamos los “te quiero”, nos cuesta decir “te extraño”. Nos parece demasiado vulnerable escribir: “Tengo deseos de verte”.
Pensamos que siempre habrá tiempo para llevarle a alguien ese pequeño detalle y decirle: “Lo vi y pensé en ti”.
Siempre después.
Después de terminar el trabajo. Después de resolver el problema. Después de que se nos pase el enojo. Después de que el otro dé el primer paso. Después de que tengamos tiempo.
Hasta que un día el después no llega.
Y entonces entendemos, demasiado tarde, que la vida no se negocia con nuestros pendientes. No espera a que terminemos de estar molestos. No concede una prórroga porque todavía no hemos pedido perdón. No detiene el reloj porque teníamos pensado hacer una llamada.
La tragedia tiene esa crueldad: nos enseña en otros lo que nos negamos a reconocer en nosotros mismos.
Vemos a una persona buscando entre los escombros a alguien que ama y pensamos que haríamos cualquier cosa por encontrar a los nuestros.
Pero quizá la pregunta debería ser otra:
¿Qué estamos haciendo hoy con los que todavía tenemos?
¿Estamos presentes?
¿Los llamamos? ¿Los escuchamos? ¿Los abrazamos? ¿Les decimos cuánto significan para nosotros?
¿O estamos esperando a perderlos para descubrir cuánto los necesitábamos?
Porque hay una forma de ausencia que ocurre mucho antes de la muerte.
Es estar vivos y dejar de estar presentes.
Es tener a alguien al lado y tratarlo como si fuera permanente. Es convivir sin mirarse. Compartir una casa y vivir emocionalmente en habitaciones distintas. Saber que alguien nos necesita y responder siempre: “Después hablamos”.
Eso también es perder.
Y quizás sea una de las pérdidas más silenciosas de nuestro tiempo.
Nos hemos acostumbrado a creer que amar basta con sentirlo.
No siempre.
El amor que no se expresa, que no acompaña, que no se demuestra, puede convertirse en una intención privada que el otro nunca llegó a conocer.
De nada sirve querer muchísimo a alguien si jamás se lo hacemos sentir. De nada sirve extrañar si nunca llamamos. De nada sirve pensar en alguien si siempre dejamos el mensaje para mañana. De nada sirve guardar un abrazo para una ocasión especial si la vida decide que la ocasión especial era hoy.
Y aquí es donde la tragedia ajena debería convertirse en pregunta propia.
No basta con conmovernos ante quienes lo perdieron todo. Tenemos que preguntarnos qué estamos perdiendo nosotros mientras todavía creemos tener tiempo.
Estamos perdiendo conversaciones.
Momentos.
La oportunidad de acompañar.
Estamos perdiendo vínculos por orgullo y años enteros sosteniendo rencores que, si mañana ocurriera una desgracia, probablemente nos parecerían absurdos.
Seguimos gastando energía en chismes que no construyen nada, juzgando vidas ajenas mientras descuidamos la propia, empeñados en ganar discusiones que nadie recordará cuando llegue el momento de despedirnos.
¿De verdad vale tanto tener la razón?
¿Vale tanto el orgullo? ¿Demostrar que el otro se equivocó? ¿Convertir una herida antigua en una sentencia de años?
Hay personas que necesitan una tragedia para correr a abrazar a alguien.
Y eso debería dolernos.
Porque no necesitamos una tragedia.
Necesitamos conciencia.
Necesitamos entender que la vida no nos garantiza el próximo encuentro. Que no deberíamos necesitar un funeral para decir lo que no dijimos en vida, ni una enfermedad para comenzar a visitar, ni una catástrofe para volver a mirar a nuestra familia, ni la pérdida de alguien para comprender que era imprescindible.
La tierra se sacude y, durante unos segundos, todo cambia de valor.
La casa deja de importar.
El automóvil deja de importar.
El dinero deja de importar.
Las diferencias dejan de importar.
El único patrimonio urgente pasa a ser encontrar a los nuestros.
Y entonces uno se pregunta:
¿Por qué necesitamos que todo se derrumbe para descubrir qué era verdaderamente importante?
Quizás deberíamos aprenderlo antes.
Antes de que una llamada se convierta en una llamada que nunca llegará.
Antes de que un abrazo se convierta en un recuerdo.
Antes de que un “te quiero” termine siendo una frase pronunciada demasiado tarde.
Antes de que el orgullo nos quite una oportunidad que nadie podrá devolvernos.
Porque la vida no es solamente lo que construimos.
También es a quiénes tenemos mientras construimos.
Quizás hemos estado demasiado ocupados levantando paredes para notar que algunas relaciones se estaban quedando sin techo.
Demasiado ocupados acumulando cosas para darnos cuenta de que estábamos perdiendo personas.
Demasiado preocupados por tener razón para recordar que algún día no estaremos aquí para discutirla.
Por eso, quizás la pregunta que deberíamos hacernos después de contemplar una tragedia no sea solamente: “¿Cómo puede ocurrir algo así?”.
Tal vez deberíamos preguntarnos:
¿Qué estoy haciendo con mi vida?
¿Con las personas que amo?
¿Con quien estoy dejando para después?
¿A quién debería llamar hoy?
¿A quién necesito abrazar?
¿Con quién necesito reconciliarme?
¿Qué palabra de amor estoy reteniendo por orgullo?
No sabemos cuándo volverá a cambiar nuestro paisaje.
No sabemos cuándo una vida puede pasar de la rutina a la ausencia, ni cuánto tiempo nos queda para hacer aquello que seguimos aplazando.
Pero sabemos algo:
Hoy todavía podemos hacerlo.
Hoy podemos llamar.
Acercarnos.
Perdonar.
Decir «te quiero».
Hoy podemos aparecer en la vida de alguien sin esperar que una tragedia nos obligue a hacerlo.
Porque quizás la verdadera lección de una tierra que tiembla no está en los edificios que caen.
Está en nosotros.
En aquello que debería derrumbarse de una vez: el orgullo, la indiferencia, el rencor, la mezquindad, la costumbre de postergar el amor.
Podemos cambiar antes. Sin esperar un sismo, una pérdida, un titular que nos obligue a mirar hacia adentro. Podemos decidir, hoy, sin que la tierra tiemble, quiénes queremos ser con los que amamos.
Que tiemble, si hace falta, nuestra conciencia. Pero que no tenga que temblar la tierra para que aprendamos a abrazarnos.
La vida es demasiado frágil para seguir viviéndola como si tuviéramos todo el tiempo del mundo.
Y mientras todavía estemos aquí, mientras todavía podamos encontrarnos, hablarnos, mirarnos y abrazarnos, quizás haya una sola cosa verdaderamente urgente:
No dejemos que sea una tragedia lo que nos vuelva mejores personas. No dejemos que el amor quede bajo los escombros.
¿Y si hoy fuera ese día que mañana ya no tendremos?











