


La humanidad se prepara para volver a la Luna. A inicios de febrero, la NASA abre la primera ventana de lanzamiento para enviar a cuatro astronautas en la misión Artemis 2, que rodeará el satélite por primera vez desde 1972.
Han pasado más de 50 años sin que un ser humano regrese a la superficie lunar. La razón no es técnica únicamente. El programa Apolo nació por motivaciones políticas en plena Guerra Fría. John F. Kennedy buscaba superar a la Unión Soviética y demostrar supremacía tecnológica. Logrado el objetivo, el interés decayó y el respaldo público se diluyó.
Con la llegada de Richard Nixon, el gasto espacial fue recortado. Se cancelaron misiones y la Luna dejó de ser prioridad. La guerra de Vietnam, las crisis internas y la percepción de que “ya se había cumplido” la meta enfriaron el entusiasmo. La NASA redirigió sus esfuerzos hacia estaciones espaciales y el transbordador.
Durante décadas, distintos presidentes propusieron planes para volver, pero todos quedaron truncados. Programas como Constellation o la Space Exploration Initiative fueron anulados por administraciones posteriores. El resultado fue una larga pausa histórica en la exploración lunar tripulada.
Hoy, el programa Artemis intenta romper ese ciclo. Sin embargo, enfrenta retos. El cohete SLS es costoso y de un solo uso. El sistema de aterrizaje lunar depende de SpaceX y de la nave Starship, que aún no ha demostrado todas sus capacidades en órbita. Aun así, Artemis 3 apunta a un alunizaje en 2028.
El renovado interés tiene una razón estratégica: el hielo en el polo sur lunar. Ese recurso puede transformarse en agua, oxígeno y combustible. La Luna vuelve a ser valiosa. China también avanza y planea llevar astronautas antes de 2030. Se abre así una nueva carrera espacial, con la Luna como premio y punto de partida hacia el futuro.









